Juan Cruz me envía un artículo sobre Edmundo Essedin del Ródano y me apresto a añadirle un comentario. Nunca supe por qué le puso el nombre de El Greco al bodegón. Allí iban, después de actuar en los hoteles, Agustín Barbosa y su mujer, que actuaban en Las Vegas, y también el trío paraguayo de Daniel Cardoso. Cuando Edmundo cerraba subíamos con él a Felo el cubano, en la carretera de la Vera, que estaba cerrado, pero que abría al toque de unos bongós. También a la casa de Juanita Sotomayor, donde ahora está el Monasterio. Ella y su marido eran clientes del Greco. Edumndo preparaba papitas negras con mantequilla. Más tarde montó allí un restaurante, en la Montañeta. Luego hubo un italiano hasta que llegaron los alemanes que lo llenaron de patos y gallinas. Recuerdo a un dúo de guitarristas al que llamaba Los Auténticos. Esa palabra le servía para todo. Especialmente para los chorizos de la parrillada. Una vez Miguel el Napi les descubrió una libreta con el repertorio, donde tenían varias fugas de Bach, y les preguntó si tenían la Fuga de san Diego. Edumndo era fantástico. Te rodeaba con su enorme panza y te transmitía su inmensa humanidad. A mí, cada vez que me veía, me preguntaba: “¿Has visto a Juan Cruz?”. Le envié este WhatsApp a Juanito y me ha pedido que lo publique. Edumndo era argentino, Líbanés y español. Sobre todo era uno de esos raros ejemplares que hacen de la amistad una organización internacional. Yo siempre he intentado moverme entre gente de esa nacionalidad abstracta. Precisamente por eso ahora la echamos tanto de menos. Edmundo, el Puerto de la Cruz, Juanito empezando a estudiar la carrera en La Laguna y nuestra ilusión de jóvenes depositada en la figura de un argentino grande y gordo, como un asado clavado en el suelo. Qué más se puede pedir para un recuerdo.
