el impostor

El corazón sigue ahí

Le propongo una pregunta. Va en dos tiempos, y conviene contestarla antes de seguir leyendo. No hace falta decírsela a nadie.

«Cuando empezaste en lo tuyo, algo te trajo hasta ahí. ¿Qué fue? No te pregunto si te sigue gustando tu trabajo. Te pregunto qué ha pasado con aquello, si algo se lo ha ido comiendo».

Es una versión breve de la pregunta que nació del cuarto que conté en la primera entrega. Aquella tarde dos niños separaron lo que yo decía de lo que de verdad estaba en juego. La primera mitad mira hacia atrás, a lo que le llevó hasta su trabajo. La segunda mira lo que ha pasado desde entonces.

Estar contento con el trabajo y conservar aquello que nos llevó hasta él son preguntas distintas. A eso que nos trajo lo llamo corazón, sin más ciencia. A veces es el oficio y a veces es la gente por la que uno trabaja.

Empiezo por contestarla yo. A mí me trajo una pregunta que no quería hacerme de viejo: ¿y si lo hubiese intentado? La había oído alrededor, en gente buena que un día tuvo algo entre las manos y lo dejó pasar por miedo. Prefería fallar intentándolo a acertar quedándome. Lo que se lo fue comiendo ya lo conté aquí: la maleta, los cumpleaños por teléfono, la butaca vacía en las funciones del colegio. Cantar, nunca.

Yo pude elegir, y sé que eso ya es una suerte. A mucha gente la llevó la vida: lo que había y lo que hacía falta en casa. La pregunta vale igual para ellos, porque dice «algo te trajo» y deja que cada uno ponga el qué. Entre las respuestas hay quien no pensaba encontrar en su oficio una pasión, y la encontró.

A lo largo de 2026 se la hicimos a 173 personas de trece sectores: pilotos, cantantes, sanitarios, gente de la justicia, docentes, gente de empresa. Contestaron en cuatro lenguas, con trayectorias que pasan por diez países. Nadie les preguntó por el estrés, el absentismo o el clima laboral. Escribieron lo que quisieron, y cada respuesta quedó registrada como llegó, con sus erratas y sin su nombre.

Hay respuestas que empiezan muy lejos del cansancio: alguien escribió en inglés que decidió ser piloto porque quería silencio, «ese silencio que solo se encuentra por encima de las nubes». También hay quienes dicen que nada se ha comido lo que les trajo hasta su oficio. Esas respuestas importan tanto como las demás: la pregunta tiene que dejar sitio a que no haya desgaste.

En otros relatos aparecen juntas dos cosas: algo se ha gastado y el cariño por la tarea permanece. Lo que se ha ido comiendo aquello que los trajo está alrededor: en cómo se organiza el trabajo, en los medios que faltan, en el tiempo que se lleva. Se puede seguir queriendo el oficio y encontrar cada vez más difícil la vida que hace falta para ejercerlo.

Una de esas voces, la de alguien de mi oficio, lo dijo mejor de lo que yo sabría: «cuando consigo quitar todo el ruido y estoy simplemente cantando, sigue estando allí. Lo que pesa a veces es ser cantante. Cantar no».

En la primera entrega escribí que me costó distinguir cuánto de aquello venía de cantar y cuánto de la vida que llevaba para poder hacerlo. Esa persona lo dejó dicho en dos frases.
En esas respuestas tampoco aparecen solo quejas. Aparecen peticiones concretas: tiempo y herramientas para la tarea antes que para el papeleo que la rodea. Poder hacer bien el trabajo que saben hacer, y que el oficio deje entera la vida que queda fuera de él. Que alguien vea cómo está quien sostiene el trabajo antes de que lo diga una baja.

Por eso desconfío de lo que se receta cuando un trabajo va mal: más compromiso, más motivación. Si estas respuestas valen de algo, apuntan a otro sitio. A quien conserva el cariño por lo que hace le sobra que se lo pidan. Le falta que alguien mire qué le está costando ponerlo en juego, y que lo mire a tiempo.

Cuando solo miramos bajas, costes o salidas, dejamos fuera a quien todavía sostiene su trabajo. Esa persona sigue cumpliendo, aunque algo se le esté gastando. El resultado puede seguir siendo bueno y contar muy poco de lo que ha hecho falta para conseguirlo. Ahí pusimos el oído.

Tengo que decir hasta dónde llega esto. Son indicios. Cuentan lo que dicen estas 173 personas y no pretenden representar a nadie más. El registro sigue abierto, y cada lectura se ha hecho buscando también lo que la contradice.

Respondieron sin saber a quién iba a servir su respuesta. Les debo las gracias, y lo que puedo devolverles es esto: su voz, escuchada con cuidado y sin su nombre.

Vuelvo a la pregunta del principio. Escriba la respuesta sin corregirla, como hicieron ellos, y mire qué ha puesto en la segunda parte: si ha nombrado su oficio o lo que lo rodea, o si aquello que le trajo sigue intacto. De qué está hecho ese alrededor da para otra columna.

De esta me quedo con una frase, y vale igual para quien trabaja que para quien organiza el trabajo de otros. No se pide corazón. Se sostiene el que ya hay.

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