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el chasnero

El dientista

La TF-1, transitada hoy por unos 100 mil vehículos diarios, empezó a construirse en los años 70, llegó al Aeropuerto Tenerife Sur en 1987 y a Arona y Adeje en los 90. La TF-28, antigua Carretera General del Sur, fue proyectada en 1858, comenzó a construirse en 1864 y no alcanzó Arona hasta los años 30 del siglo XX. Casi cien años; dato que demuestra que ya nuestros aborígenes eran muy pachorrudos para proyectar y licitar infraestructuras. El mencey Beneharo, consejero de Obras Públicas, era muy arrequintado, y, dígase lo que se diga, responsable último de las colas que sufrimos hoy.

En mi niñez, aislados como estábamos en el Sur, ir a Santa Cruz en el viejo Taunus de mi padre, recorriendo cien kilómetros, mil curvas y cien puentes, constituía una gira afanosa. Tardábamos cuatro o cinco horas y hacíamos escalas. Una esencial era el Mirador de don Martín, en Güímar, avanzadilla entonces del turismo, donde caían truchas de batata o cabellos de ángel.

No olvido el día en que, por glotón, me empaché de frangollo, y, retornados al bólido paterno, lo expulsé por la ventanilla directamente al parabrisas del coche que nos seguía. El chófer accionó los limpiaparabrisas y convirtió el cristal en un postre panorámico. Mi padre, hombre serio y educado, detuvo el Taunus y bajó inmediatamente a pedir disculpas. El chófer del coche dulcificado hizo lo propio y apareció con yemas de huevo, cremosidad y una nuez de mantequilla en la cara. Parecía un postre con permiso de conducir. Mi padre pidió perdón; el hombre aceptó las disculpas y yo permanecí prudentemente escondido en el asiento trasero. Nunca supe su nombre, pero fui probablemente el primer niño de Canarias que convirtió un empacho en un tratamiento facial.

Durante el viaje, mi padre prendía la radio y sonaban folías, isas, seguidillas y saltonas: Los Sabandeños, Los Gofiones, Los Arrieros, Mary Sánchez, Trío Acaymo, María Mérida… Cuando echaban ¡Viva, Tenerife!, mis hermanos y yo entrábamos en un estado de absoluto furor.

Aquel era nuestro rock and roll. Poseídos por la identidad, perpetrábamos los coros desde el asiento trasero mientras el Taunus negociaba las curvas. No llevábamos guitarras eléctricas, melenas ni fumábamos porros. Llevábamos folías. Éramos unos niños peligrosísimos.

Con una isa se recrudecía el motín; y, si aparecía una malagueña, bajábamos las revoluciones y poníamos cara de haber perdido un amor, una cabra o una huerta de papas.

Para devolvernos la quietud, mi padre paraba en Fasnia, donde despachaban estupendos bocadillos de carne cabra compuesta. Cuando osé pedir uno, todavía encochinado por el efecto del frangollo, me miró atravesado. Me abstuve. Mi madre pidió un poleo de monte y aprovechó para pedirme también fundamento.

Al cabo de cinco horas conquistábamos Santa Cruz y comparecíamos ante el dientista, verdadero destino de la expedición. Aquel hombre no curaba: desalojaba. Agarraba una muela con los alicates y tiraba hasta que salía la pieza o se movía el sillón. Era la Inquisición con número de colegiado. La anestesia debía de estar todavía en período de información pública.

El dientista tenía, además, una inquietante vocación minera. Entraba en la boca buscando una caries y parecía dispuesto a salir por la nuca. Cuando decía “abre un poquito más”, uno sospechaba que estaba intentando aparcar dentro. Yo no sé dónde había estudiado Odontología, pero por la manera de manejar el instrumental debió de convalidar varias asignaturas en Obras Públicas.

Después venía la reparación civil: un perro caliente, manjar aún desconocido en Granadilla. Y otra vez al Taunus: mil curvas, folías, una muela menos y el labio como una sama.

A esas edades uno todavía no sabía que aquello se llamaba infancia. Pensaba que era una excursión organizada por Herodes. Lo verdaderamente terrible lo supe muchos años después. Y es que mi padre, encima, le pagaba.

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