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por qué no me callo

El espejo electoral

El espejo electoral, en el que se miran todos los partidos, dirá qué candidato sale más favorecido. Hay expectación por las próximas encuestas. Partíamos de un axioma de 200 escaños del PP y Vox, pero, tras el adelanto de Sánchez, lo que está en cuestión es si la “inmensa minoría”, que decía Juan Ramón Jiménez, tiene opciones de poder.
En 2023, los sondeos -todos menos uno- daban mayoría absoluta a PP y Vox, y gobernó el PSOE con la pléyade progresista. El oráculo -la demoscopia- arrastra en España una crisis de credibilidad. Y Tezanos, el artífice de los sondeos del CIS, en cada barómetro, levanta ampollas.

El espejo de las urnas vuelve a estar en el centro de la conversación. ¿Qué rostro de país nos devuelve el azogue con cada nueva mirada? La noche electoral es una caja de sorpresas. Una España conservadora se desgañita en las redes y las barras sociales de los bares y acapara las portadas de los periódicos -cuando eran todos menos uno-, como si fuera mayoritaria y tuviera el 29N en el bolsillo

Pero otra inmensa minoría, que diría el poeta, se reivindica en el influyente escrutinio televisivo. Si El Hormiguero supera a La Revuelta, Pablo Motos a Broncano, lo llaman coherente. Si la audiencia sonríe a Iker Jiménez (Horizonte), nada que objetar: España ha girado a la derecha. Pero si los que ganan en el share son los mañaneros de la pública, entonces, los cañones apuntan contra los Jesús Cintora, y Cayetana Álvarez de Toledo anuncia indignada que acabarán con “las Intxaurrondo”, que ya está bien de aguantar a esa patulea sanchista.

Antes de que el espejo se pronuncie, hemos visto el beso de Sánchez a Begoña Gómez. Y cada requiebro se inmortaliza en la red. Cuando no cada lapsus. Feijóo colecciona dos semanas de gazapos, de los que penalizan en campaña. Para empezar, pidió “sacrificios”. Su partido alentó la privatización de las pensiones y rectificó cuando ya era tarde. Venía de votar los decretos contra los desahucios y pidió un aplauso para Ana Botella, la exalcaldesa de Madrid que malvendió viviendas públicas a Blackstone, un fondo buitre. Se pasó tres años condenando la amnistía de Puigdemont y cuando lo cortejaba para la censura pidió “pasar página”. Uno de sus últimos gags fue referirse a los “currantes” y advertir que “a los jetas” -dijo señalándose con el dedo a sí mismo- no se pensaba “dirigir en toda la campaña”.

Por momentos, se diría que sigue los pasos de Trump (PP y Vox lo secundan), que, cuando yerra, la prensa se pregunta si ha dormido bien. Y es que Trump, de 80 años, da cabezadas en público. Las confusiones de Feijóo (65) vienen de atrás. Decir en Mallorca La Palma en lugar de Palma. Ubicar Huelva en el Mediterráneo. Afirmar en Badajoz, “eso es lo que percibo cada vez que vengo a Andalucía”. Presentar a la candidata del “Ayuntamiento de Barcelona” estando en Valencia. Referirse a María Guardiola (Extremadura) como “María Gallardo” cuando era vicepresidente Juan García-Gallardo (entonces de Vox). Y el desafortunado dardo contra Sánchez, queriendo hacer un juego de palabras con Anatomía de un instante, cuando se trabó y salió de su boca un ininteligible “anotop at”.

No tanto por los fallos humanos, involuntarios, como por los errores tácticos al desvelar recortes en las pensiones, Feijóo ha sembrado dudas en ese espejo borroso donde asomarán las encuestas.

El primer ministro ultra checo, Andrej Babis, con solo un año gobernando, no obtuvo el sábado ni un escaño al Senado, derrotado por la oposición.

Con tan solo dos meses en el poder y tras un terremoto (geológico), el ultra Abelardo de la Espriella (Colombia) pierde ya popularidad, mientras declara la guerra a la cultura woke.
En América, donde Trump se ha esparcido como ha querido, este domingo es la segunda vuelta, con empate en las encuestas, entre Lula y Flavio Bolsonaro, hijo de su padre (golpista). A Zuckerberg (Meta) lo acusan de meter la cuchara algorítmica para favorecer al ultraconservador.

Dos días después, el martes 27, sabremos si Netanyahu continúa o cae vencido por el exjefe del Estado Mayor, Gadi Eizenkot. Y el 3 de noviembre veremos si Trump se convierte en un pato cojo, si pierde una o las dos cámaras en las elecciones de medio mandato. No será lo mismo votar después en España a trumpistas eufóricos que de capa caída.

A Feijóo lo traicionó un gesto cuando quiso vituperar a los jetas. A Ayuso le fastidian los ataques por el ático. La portavoz socialista Mar Espinar le pidió que hiciera lo que la madrastra de Blancanieves. “Maricarmen era una jeta”, recordó su mofa sobre la anciana desahuciada en vida, más todo el racimo de frutas de la jerga sobre Sánchez desde que lo llamó “hijo de puta”. “Si no sabe de dónde sale el odio -concluyó- es que no se ha mirado en el espejo”. Ese lugar en el que todos los líderes ahora se miran por la cuenta que les trae.

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