La Capital tinerfeña celebrará en próximas fechas el centenario del parque García Sanabria. La adquisición de los terrenos que lo alberga se produjo el 12 de diciembre de 1923. La compra aconteció durante la alcaldía de Santiago García Sanabria, quien falleció en 1935. Entonces, la Corporación municipal decidió erigirle un monumento en la plazoleta central del Parque que llevaría su nombre. Dos años después el arquitecto José Enrique Marrero Regalado y el escultor Francisco Borges Salas presentaron el conjunto arquitectónico-escultórico integrado en una fuente proyectada por el ingeniero catalán Carlos Bohígas.
Escribe Lorenzo Carballo (seudónimo de Víctor Zurita) en el periódico La Tarde (9 de mayo de 1970) que el solar del Parque, encuadrado por la Rambla y las calles de Numancia, Méndez Núñez y José Naveiras, albergaba antes de su construcción un velódromo y era también huerta de tomateros y coto infantil para la cacería de grillos cantores arremolinados en higueras más o menos raquíticas y retorcidas. El periodista, además, afirma que el tamarindo plantado en el camino paralelo a la calle Numancia es el árbol decano de los que pueblan el Recinto.
Cincuenta y seis años después de aquel artículo, el Tamarindo del Parque continúa dando sombra, frescor y prestancia. Lo escoltan una joven araucaria, palmeras, laureles de Indias y un prominente árbol pica pica (Lagunaria patersonii), originario de la isla de Norflok en Australia. Cerca se encuentra el Jardín de Plantas Aromáticas con hierbabuena, perejil, orégano, albahaca, romero, mejorana, melisa, menta… Varios olivos y un algarrobo acompañan a estas hierbas que tantos beneficios aportan. El acceso se emprende tras cruzar una buganvilla verde, morada y blanca encaramada a una pérgola. Eso es porque el arbusto trepador, después de un periodo de estrés hídrico, ha frenado el crecimiento de hojas acelerando la producción de coloridas brácteas.
En los flancos del Tamarindo se ubican dos esculturas de la I Exposición Internacional de Esculturas en la Calle (1973). Subiendo, a la izquierda, asoma entre la vegetación la obra Estela espacial de Amadeo Gabino. Es una torre metálica brillante con planchas de acero inoxidable que se asemeja a un misterioso objeto alienígena o un ascensor hacia las estrellas. Quién sabe si Arthur C. Clarke se inspiró en ella para escribir alguna de sus novelas de ciencia ficción. Más arriba se encuentra el Laberinto de Gustavo Torner, un penetrable de veintidós módulos verticales de hormigón armado pintados de blanco. Más de una brecha en la frente nos hicimos de niño jugando a quedar en sus revueltas encrucijadas.
El Tamarindo centenario, proveniente del África tropical y de la India, asomó sus tiernas ramas al Mundo en la Dictadura de Primo de Rivera. Luego se hizo árbol durante la Segunda República, Guerra Civil, Dictadura del general Franco, Transición y consolidación democrática bajo la forma de monarquía parlamentaria. La áspera y gruesa corteza que cubre su tronco múltiple guarda mil historias que contar. De tanto escuchar lecciones de estudiantes hacia el Quisisana, confidencias de parejas amantes, traiciones de palacio, primicias de periodistas deambulantes, comadreos de la oficialidad, verdades vagabundas de duerme monas y constataciones públicas y notorias a diestro y siniestro, no hay quien le cuente cuentos chinos. El sabio paciente y callado de hojuelas elípticas y pecioladas, y flores amarillentas en espiga, ha aguantado, además, meadas que no están escritas y ha llorado y reído tanto, tanto, que a su tallo fuerte y macizo le ha salido en la base una almorrana. No extraña que sus frutos carnosos tengan un sabor agridulce que combina acidez con notas de miel.
El Tamarindo del Parque no es sospechoso de nada y no tiene nada que ganar ni perder. Dichoso árbol decano.

