Los países surrealistas -como el nuestro, el único de la Unión Europea- tienden a la pobreza, la chancleta y el desorden. No lo intenten arreglar porque es imposible. Fíjense hasta qué extremos llega el surrealismo que los sindicatos, que pagamos nosotros porque son incapaces de funcionar con las cuotas de sus afiliados porque casi ninguno cotiza, pretenden convocar una huelga general ¡contra la oposición! En un país normal, esto sería un oxímoron: es imposible castigar con un paro a quien no manda, a quien no es responsable de las decisiones que se toman, sencillamente porque no tienen capacidad para hacerlo. Eduardo Marquina escribió una obra de teatro en verso, estrenada en 1909 y titulada “En Flandes se ha puesto el sol”. Al comienzo de uno de los actos, me parece que el segundo, un capitán de los Tercios de Flandes, Diego de Acuña, renuncia a todo con tal de salvar a una joven flamenca y pronuncia una frase que ha quedado para la historia de la valentía, la hidalguía y la decencia: “España y yo somos así, señora”. Estos episodios épicos de la gran España quedan eclipsados por los actos changas de la pequeña España de nuestros días, que vive entre alborotos y que no han hecho más que comenzar. A lo mejor se detienen porque su cese también forma parte del surrealismo, esta vez surrealismo por defecto. Lo de Ceuta es incomprensible, lo de la pobrecita Maricarmen es surrealista y lo de Sol no digamos, dentro del pan nuestro de cada día. No sé por qué García Márquez tuvo que inventarse Macondo, si lo podía haber controlado literariamente durante su estancia en España, a un tiro de piedra de los hechos. España es Macondo, pero a lo bestia, y lo que está por venir a mí no me gusta, ni me conmueve y ni siquiera me altera, porque he decidido que España y yo somos así, señora.
