súperconfidencial

Exceso de información

Absorbido y torturado por el exceso de información, mi vida se convierte, ya al final, en un infierno. Almuerzo y ceno a deshoras, duermo mal, tengo que sintonizar la Cope a las 6 de la mañana para escuchar a Carlos Herrera y a Jorge Bustos, a las ocho y pico de la noche enciendo la tele para ver el programa Horizonte, sufro con algunos telediarios, me contamino con la actualidad, según de donde venga, y ya no sé qué hacer. Lo que es peor: mi perrita, Mini, que todavía puede andar a sus casi 17 años, ha adquirido los mismos hábitos que su dueño y comparte mis desvelos, aunque como está sorda disfruta de esa ventaja sobre mí, que oigo mosquitos en el horizonte, como decía mi abuelo. Por deformación profesional quizá, estoy convencido de que debo escuchar y ver todos los programas, incluidos los deportivos, para estar bien informado y poder opinar. Y, además, me he echado encima la revisión del resumen, ya publicado, de mi tesis doctoral, porque la memoria democrática ha puesto de moda al franquismo y mi tesis versa sobre una parte del franquismo. O sea, que agüita. Voy a imprimir cien ejemplares para regalarlos a mis amigos por Navidad, algo muy raro que se me ha ocurrido. Pero es que, revisando el texto, resulta muy atractivo, como una novela tremendamente crítica con aquel régimen y muy objetiva, según puedo comprobar, tantos años después: leí la tesis en 1986, en la Complutense. El exceso de información del que hablaba al principio ha descolocado mi vida diaria, la ha alterado peligrosamente y mis colaboraciones en periódicos, digitales y emisoras de radio me están produciendo como una especie de zozobra, muy difícil de digerir. Espero que el mal cese después de las elecciones, las gane quien las gane. Encima, como no soy creyente tampoco puedo rezar, porque no tengo quien me haga caso allá arriba o allá abajo.

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