Estos que arman los follones en España, estos que ahora se llaman colectivos de no sé qué, sindicatos de no sé cuánto, no son otra cosa que los herederos anarquistas del Cojo Manteca. Jon Manteca fue un personaje efímero de la bendita Transición, un cojo que rompía las farolas de Madrid con la muleta y que murió, un día aciago, de la enfermedad de moda en aquella época. Manteca entraba y salía de los juzgados, siempre con cargos, como Pedro por su casa. No me acuerdo si acabó en prisión o no, dándole a los barrotes con su inefable instrumento, una muleta que lo mismo servía para romper bombillas que para golpear los cascos de los grises de la época. Los mismos grises que lo perseguían por Madrid, pero, con el vaivén, el cojo salía airoso de las tarascadas policiales y no tenía más impedimento que el propio de nacimiento, lo que le daba un aire como de limpiaparabrisas andante. Corría más veloz que los sanos y se refugiaba en los portales como un ratón de alcantarilla en el hueco de los raíles del metro. Era listo como una tea y se apuntó al desorden una vez y ya le valió para toda la vida. Un día desapareció, no con la alborada sino con la algarada, y no volvió a las calles. Más tarde falleció y sólo obtuvo como recuerdo tres líneas de obituario en los periódicos impresos de la época, que entonces se leían mucho, no como ahora. El Cojo Manteca estaría hoy bajo una lona en la Puerta del Sol, armando uno de sus famosos follones y con la muleta en ristre, presta a machacar a la pasma en su modo molinillo. Qué habilidad la del Cojo Manteca para manejarla, ante el estupor de los turistas de Madrid, que incluso le aplaudían con frenesí.
