El edificio del Cabildo de Tenerife, mercado de Nuestra Señora de África, la Basílica de Candelaria, Comandancia de Marina, el Monumento a García Sanabria, Parador de Las Cañadas del Teide… La huella de José Enrique Marrero Regalado (1897-1956) sobre la silueta urbana canaria es tan extensa que resulta difícil imaginar unas Islas sin que se proyecte sobre ellas la sombra de sus creaciones.
Arquitecto, nacido en Granadilla de Abona, su obra atraviesa casi seis décadas del siglo XX y abarca gran parte de la monumentalidad civil e institucional, con un estilo que trasvasa desde el racionalismo madrileño hasta el neocanario o marrerista.
El principal precursor del estudio de su vida y obra es Emiliano Guillén, cronista oficial de Granadilla de Abona y autor del un libro que ha permitido reconstruir con detalle archivístico el recorrido del que fuese “uno de los arquitectos que marcaron el legado monumental regionalista de Canarias”.
Marrero nace en el seno de una familia acomodada. Su padre, José Marrero Díaz, era propietario y agente de la Compañía Transatlántica; su madre, Dolores Regalado Regalado, había sido maestra.
“Tras trasladarse con su hermana a Alicante, vuelve después a Granadilla; su sueño era formarse en una universidad madrileña y su familia lo hizo realidad”, relata Guillén, quien define aquellos años como “bohemios y de ajetreada vida nocturna”. Tras años de disipación, el joven tuvo un punto de inflexión. “Se dio cuenta de que su familia estaba en la ruina”, apunta. Ello, unido a la muerte de su padre en 1916, obligó a Marrero a dedicarse con disciplina a la carrera que lo definiría.
Se formó en Arquitectura y se graduó en 1925. Inicia su carrera profesional trabajando con Pascual Bravo y posteriormente con Gutiérrez Soto. En el norte de España también dejaría su huella.
Estilo propio
En enero de 1933, se establece definitivamente en Tenerife. Es el inicio de la etapa más fecunda de su carrera, en la que llegaría a abrir dos estudios de arquitectura en ambas capitales de provincias.
Es en estos años cuando desarrolla y consolida el que sería su sello personal, el estilo neocanario o marrerista, una síntesis ecléctica entre la arquitectura popular canaria (balcones, aleros de teja, celosías de madera, cantería) y las corrientes europeas y americanas de vanguardia que había conocido en su formación. Bajo esta identidad firma muchas de sus obras civiles más reconocibles, patentes en viviendas santacruceras como las casas Concepción Pedreira, Llombet, Larrarte… además de edificios de gran simbolismo en la capital omo el Palacio Insular, sede del Cabildo de Tenerife, cuyo proyecto le fue encargado en 1933.
Con el estallido de la Guerra Civil y la instauración del franquismo, Marrero se convierte en uno de los arquitectos de cabecera de las nuevas instituciones canarias: “Era un protegido del régimen”.
Durante esta etapa levantó una de su grandes obras, el estadio Heliodoro Rodríguez López, diseñado en 1946, con su característica fachada de garitas y frontón.
También proyecta el complejo de la leprosería de Abades, uno de los encargos más singulares en su trayectoria, concebido para atender a los afectados por la enfermedad, y que quedo inacabada. Otras de sus grandes obras es el diseño de la Basílica de Nuestra Señora de Candelaria.
A finales de la década de 1930 proyecta también el Parador de Las Cañadas del Teide, descrito en su momento por la prensa como una obra “modelo y definitiva”.
José Enrique Marrero Regalado fallece de leucemia en 1956, en plena madurez creativa, tras regresar del Caribe. Fue un “arquitecto ilustre”, como titula su libro el cronista granadillero, con una obra repartida entre lo institucional y lo popular, entre el racionalismo y el regionalismo. Siete décadas después, el estilo marrerista sigue vivo.
El Cine Callao y el sello marrerista en la Gran Vía madrileña
A finales de los años veinte y tras concluir sus estudios, es cuando el prometedor arquitecto “deja su sello al mundo”, según recuerda el cronista granadillero. Marrero colabora estrechamente junto a Gutiérrez Soto en la construcción del emblemático Cine Callao en la Gran Vía madrileña. Aquella histórica colaboración en uno de los edificios más icónicos e influyentes de Madrid se convertiría en una experiencia determinante, de la que el propio Marrero tomaría valiosos detalles arquitectónicos e innovaciones de diseño para proyectar más tarde con maestría los grandes cines tinerfeños —el Víctor, el Rex o el Baudet.

