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La aguja

La aguja del marcador de combustible de mi coche apenas se mueve cuando le echo los 20 euros semanales del jubileta, importe del repostaje, porque yo no lleno jamás. Ahora 20 euros son 10 litros y, como yo le pise, los 10 euros se me van en un acelerón de chancleta, expresión del mago. O sea, que los tiempos aumentan mi zozobra, traducida en litros de combustible, mientras otros se enriquecen con lo del estrecho de Ormuz y todas esas gilipolladas. Hay que ver cómo se apoderan del mundo tres o cuatro. Mientras se piensan si bombardean o no a la Guardia Revolucionaria de Irán, los precios del combustible se han colocado en la estratosfera. Y, cuando la bombardeen, se estabilizarán, pero no bajarán jamás, se quedan así para siempre, jugando quienes los establecen con el engaño y el desprecio al ciudadano. Eso sí, la cosa tiene una ventaja: se ve menos tráfico, lo cual supone un alivio para los nervios de los curritos que necesitan de verdad usar el automóvil para trabajar y no para pasear los fines de semana con la mujer y la suegra y el niño detrás, dando el coñazo y propinándote el infante pataditas en el sillón. No hay nada más insoportable que un niño pateador, en el asiento trasero de un avión o de un coche. Se trata de una auténtica tortura. Como a mí no me gustan los eléctricos, me mantengo fiel a la gasolina de 98, que es la más cara, pero dicen que se fabrican automóviles híbridos muy buenos. Mi ilusión es un VW Polo de última generación, de gasolina y automático, como uno que tuve en la noche de los tiempos y que le regalé a mi sobrino, que tiene ya 250.000 kilómetros recorridos y sigue tan campante. Pero no dispongo de posibles para comprármelo, así que esperaré a la lotería de Navidad, que no toca nunca.

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