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La chancleta

Este es un país muy aficionado a la chancleta. No hay más que ver al veraneante con Adidas para darse cuenta de que los maestros en arrastrar la chola conforman una clase social única, playera e irrepetible. Distinto es el guiri. El guiri lleva sandalias con calcetines, desde los tiempos de John Harris Stone, el fotógrafo esposo de Olivia Stone, que escribió con maestría su obra de viajes Tenerife y sus seis satélites. Fue la primera vez que alguien llamó a Gran Canaria satélite de Tenerife (que en realidad es al revés y, si no, consulten el PIB), pero es que entonces sí lo era. La chancleta, ahora dueña de Ceuta y de la Puerta del Sol, es también la vestimenta pedánea de la chusma callejera que huele a pata. El olor a pata, si se pudiera envasar, sería algo así como una bomba de neutrones. La chancleta hay que saberla llevar, no crean que es fácil. Yo, por ejemplo, no lo he conseguido. Es menester arrastrarla y hacer, al caminar, un ruido entre el talón y la parte trasera de la chola. El talón, calloso, logra un sonido acompasado, detectable a distancia. Algo así como los ingleses cuando tocaban el tambor antes de entrar en combate. El único tambor de España fue el del pobre Manolo el del Bombo, porque aquí tambores no hay. Nosotros teníamos los de la Banda de San Jerónimo, que en paz descanse. Pero volviendo a la chancleta, los que la calzan diestramente se han adueñado del país: acampan en plazas y playas, en alcantarillas y en polvorines subterráneos y siembran el solar patrio (qué bien me ha salido esto) de un maloliente rastro, muy desagradable de seguir. La chola, versión corta de chancleta, nos ha poseído, sin solución de continuidad. Por los siglos de los siglos.

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