tribuna

La convocatoria

El anuncio de una convocatoria de elecciones para finales de noviembre bien merece un comentario. Sánchez lo ha anunciado sin la euforia necesaria para contagiar entusiasmo entre los suyos. Ha hecho el mínimo balance triunfalista exigible de su gestión, sin muchos excesos. La comparecencia ha durado apenas diez minutos, algo infrecuente en quien confía en la palabra para convencer. Incluso ha llegado a reconocer algunos errores.


No parece una llamada a la movilización, la cual deja en manos de un frente amplio que no acaba de organizarse y al que Adelante Andalucía dice no sumarse. La palabra sumar no tiene el mismo sentido que hace unos años y se regresa al tradicional título de la izquierda dispersa que nunca termina de unirse. Desde los tiempo de Trotski y Stalin es así. Bueno, ya tenemos aquí a las tan solicitadas elecciones, en un panorama incierto donde la inercia de las preferencias ideológicas va por otro camino.


Algunos analistas aseguran que Sánchez seguirá en la oposición, esperando su oportunidad, cuando pinche el pacto entre el PP y Vox. Yo no lo creo. El partido saldrá muy dañado y tendrá que replantearse una vuelta de tuerca en su estructura interna para regresar a sus viejos postulados democráticos, comprometido con la transición y huyendo de experimentos que han durado lo que han durado. Nadie piensa en el retorno de Frankenstein. La experiencia ha sido lo suficientemente larga para quedar escaldados. No pasa nada. La militancia será capaz de aguantar el relevo, como siempre ha hecho, exhibiendo un comportamiento de lealtad extrema. Las posibilidades de ganar son escasas. Hay que superar cerca de 90 escaños y esto es como escalar el Everest. Ahora se trata de afianzar a algunos líderes regionales en las próximas elecciones de mayo. Illa no lo tiene fácil. Page surge con fuerza como la imagen más sólida de un PSOE en contrición, buscando en la Mancha el camino de su aventura de recuperación, como don Quijote. Noviembre no es el mes clave para los socialistas, el horizonte está en mayo, donde podrá iniciar la reconquista, desde los llanos de la nueva Castilla antes que de las montañas de Asturias, de donde bajó don Pelayo.


Quizá todo esto que digo solo sea un espejismo y Sánchez tiene un cartucho escondido, un as bajo la manga, para darle otra vez la vuelta a la tortilla. No veo demasiado entusiasmo para insuflar el ánimo y la confianza a los suyos. Hace unos días andaban eufóricos en la televisión y hoy se les nota más apagados. Al menos esa es mi impresión. El socialismo español ha tenido cambio de localización en su última etapa democrática. Felipe y Alfonso fueron capaces de desplazar el centro ideológico, desde el feudo vasco de Nicolás Redondo a la Andalucía del rebujito y de las ferias. Luego Zapatero se apoyó en la Cataluña de Montilla y Celestí, creando un problema de equilibrio regional. Sánchez ha gobernado sus ocho años basándose en la normalización de un asunto que se le ha ido de las manos y le ha costado renunciar a acabar la legislatura.


Mientras tanto Silvia Orriols empata con Salvador Illa en las encuestas, con lo que el tiempo del PSC como clave de la política española se ha terminado, o está a punto de terminarse. La lógica dice que el pivote ideológico tendrá que trasladarse a otros territorios, a otros líderes y a otras estrategias.


Hay muchos socialistas que lo ven así. Gracias a ellos España no perderá la esperanza en reconstruirse. El esbozo de sonrisa del presidente en su comparecencia, que no acababa de cuajar, me indica que esto es así. Luego se habla de la presión de determinados barones, y ahí puede estar la clave de la decisión.

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