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después del paréntesis

La frontera

La película 2001. Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick, comienza con una escena espectacular. Nos encontramos ante una frontera de conflicto. Ahí una riqueza a dominar: el pozo de agua. Es de los fuertes. Los contrarios han de esperar, si los dejan acercarse al abrevadero. Hasta que uno descubre: el hueso del fémur de un mastodonte que destruye, que puede usarse como arma. Desde entonces, las fuerzas cambian. La frontera se fija y tiene dueño, hasta que los otros encuentren o se den a fabricar nuevos artilugios de acoso. En este punto se encuentran los movimientos imperiales. El poder militar transforma las fronteras del mundo. Eso alcanzó Carlomagno o eso anunciaron los romanos en pro de someter el Mediterráneo y Europa. Y eso logró el primer imperio católico de la historia, que ocupó un tan vasto territorio que en este país, en su tiempo, no se ponía el sol. (Lo confirmó Felipe II). Lo que salió de esa estrategia quedó claro por destreza del gran renacentista Cristóbal Colón. Cuando los reyes lo llamaron a su amparo en Barcelona, después de regresar de su primer viaje y confirmado que aquel demente tenía razón, fue categórico: la frontera de España (escribió en el prólogo al cuaderno de bitácora que les entregó) ya no es la que la reina Isabel ideó; la frontera de España está en las islas conquistadas, las por conquistar y el continente que espera al acecho. Pero esta no es la cabalidad cimera de la frontera. Ocurrió con Roma frente a Atenas. Los romanos superaron en guerra a los griegos, pero no en sabiduría, no en conocimiento, no en pensamiento, no en creatividad. Y lo tuvieron claro: trasladar hacia sí la sustancia ganada por los vecinos de la otra frontera, incluidos los dioses que ellos (como los aztecas) re-renombraron. Y tal cosa ocurrió con los aztecas. Descubrieron que en el sur vivía el pueblo somero del juicio, de la ilustración, de la experiencia y de la sabiduría (arquitectura, ingeniería, matemáticas, medicina, astrología, comercio, dioses…): los atacaron, los vencieron y se los comieron para transformarse. El moderno ha señalado la frontera de otro modo: país, exclusividad. Pasaporte para traspasar, permiso (que se puede negar) para visitar. Y lo que nos conmociona ahora: las fronteras del bienestar: EE.UU./México, Europa/África. Es la frontera de las faltas frente al gran desarrollo. Y eso es lo que ocurre: los movimientos masivos, la inmigración ilegal. ¿Remedio, condicionar esos desplazamientos a los permisos específicos de los poderosos porque la inmigración para esos lugares es imprescindible (mano de obra o natalidad)? Sería lo justo, pero no se resiste. En realidad, ese tránsito, que ni es ideológico ni político, busca una cosa, solo una cosa: la igualación, el equilibrio. ¿EE.UU. y Europa lo aceptarán? Sabemos de maniobras precisas de algunos mandatarios de ahí. Mientras tanto el chico que llega a la frontera sabe que, aunque le cueste la vida, en el otro lado del charco que cruzará se encuentra su porvenir.

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