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La Navidad

Ya está aquí la Navidad, con su blanca palidez, con nuevo Gobierno -o viejo- y con los televisores de 75 pulgadas corriendo por los centros comerciales en carritos de ruedas. Hasta hace pocos años yo era el único que tenía uno, como ya he contado aquí. Ahora te los vende barato hasta Movistar, aunque a mí no, porque dicen que estoy incluido en una lista antigua de abonados y a los viejos nos castigan, no nos premian. Y eso que pago más de 200 euros al mes por ver al Real Madrid. La Navidad donde primero se nota es en el alumbrado de las grandes superficies, que rivalizan cada año en gasto de leds y de energía, como debe ser. Ahora se pondrán en marcha unos días de oro, unas leves rebajas, y, después, a la calle todo el mundo, a comprar sin tino cosas que generalmente no hacen falta. A mí, como también he contado, me han retirado del mercado mis gayumbos de Hugo Boss, que me encajaban a la perfección, y ando como un personaje en busca de autor, a la caza de un gayumbo que me calce adecuadamente, aunque no es fácil porque a uno se le desvara todo cuando pasa cierto umbral y yo estoy a punto de pasar todos los umbrales habidos y por haber. Soy un descatalogado físico. Así que ando con prendas largas, para la cosa de la ventilación, aunque un poco incómodo. Por eso salí a la calle ayer y me sentí un extraño, porque siempre estoy en casa; y este es un mal síndrome, Creo que el miedo a salir se llama agorafobia, lo decían los griegos. Por eso ahora -antes no, antes la odiaba- bendigo la Navidad y miro con envidia esos carros llenos de televisores y de otras nuevas tecnologías, que pasan ante mis ojos atónitos, añorando tiempos mejores. Y eso.

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