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tribuna

Lorca

Hay un anuncio de móviles que habla de lo que seremos capaces después de haber ido a la luna. A nadie se le ocurre decir que ya estuvimos allí y que volvimos. Es cierto que el negacionismo se encargó de decir que todo fue un montaje y que las escenas se rodaron en el desierto de Arizona. Ya no está Hermida para contarlo, pero aunque las nuevas generaciones no se hayan enterado aquello fue verdad. Yo lo vi. Lo peor que nos puede pasar es tener memoria. No se lleva. La última novela de Julian Barnes se refiere a esto y se me ocurre pensar en las manipulaciones que se llevan a cabo borrando asuntos que no debemos recordar y sustituyéndolos por otros que van a desaparecer al día siguiente. Ignoro cómo se llama esto en términos psicológicos, pero de que está ahí no me cabe la menor duda. Tengo que confesar que me gusta Lorca desde que tenía quince años. Me sé de memoria el Romancero y el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.

Poeta en Nueva York es más difícil de memorizar, pero también reconozco, como muchos, que es su mejor obra. Hace unos días hablé con mi hijo, al que considero un buen crítico, y me dijo que no le gustó la película de los Javis. Le recomendé que no lo dijera muy alto porque podría caerle la del pulpo. Hoy publica El País 45 artículos sobre Lorca, en ese estilo que tiene el periódico para poner en pie las efemérides, reuniendo las opiniones de todos los que están metidos en el cajón y hay que sacar de vez en cuando, en plan campaña. Es una forma de culturización que empieza movilizando a los de casa para vender un libro, un disco o una consigna. Ya lo hicieron con la novela de David Uclés, de la que ya nadie habla y también cuando descubrieron al Cigala cantando con Bebo Valdés, una reliquia de la revolución cubana que vivía en Estocolmo. En los 80 fue la recomendación de Alfonso Guerra del Adagietto de la 5ª de Mahler, que acompañaba a la Muerte en Venecia, de Visconti. Están bien estos intentos de popularización de la cultura, pero hay cosas que, o las traes aprendidas de casa o no son. Con Lorca y su vertiente política nos han estado dando la tabarra en los últimos años, detrás de la senda investigadora de Ian Gibson, pero nadie se detiene a disfrutar la maravillosa obra del poeta. Los versos de Lorca no necesitan reivindicación. Están ahí, rotundos y hermosísimos igual que el primer día, lo demás es anécdota, aprovechamiento, flor de un día. Cultura para salir a la calle, llevarla debajo del brazo y olvidarla en la jornada siguiente, como todo lo que nos sucede de un tiempo a esta parte, donde la actualidad ha pasado a ser algo efímero, y las noticias, los acontecimientos y las opiniones, cosas de usar y tirar, como un kleenex con el que nos limpiamos los mocos. Cada día tiene su afán. Nunca mejor dicho. No está bien que a Lorca se le utilice como a un pañuelo de celulosa. Lorca no es una moda. Lorca es la poesía y está para quedarse grabada en nuestra memoria, no para ser cogido con pinzas cuando convenga y sacarlo por las calles en las voces de las generaciones que lo olvidarán al día siguiente.

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