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Los fotógrafos

Me pasé la noche en blanco. Había visto varias tertulias y había escuchado la opinión de “los expertos”. Esos seres animados que opinan de todo y no saben de nada y que cometen faltas de ortografía hasta hablando. Me desvelé, y eso que tenía que acudir al día siguiente al cardiólogo, para que me estire la vida. No sé si vale la pena vivir más con este escenario absurdo de las dos Españas, que me tiene harto. Pero no les voy a cansar con mis achaques, si lo que ustedes quieren es sonreír. El otro día me encontré por la calle al viejo reportero gráfico Lucio Llamas, que obtuvo una mención en el World Press Photo por la gráfica de una mujer que huía con su gallina y los huevos del ave dentro de un sombrero, en el incendio de San José de los Llanos, allá en la noche de los tiempos. Una vez, Lucio, cargado, se metió con su coche por una tienda de Santa Cruz, porque confundió la calle con el pasillo del establecimiento. Pausadamente, se bajó del coche, cogió la cámara e hizo la foto de su propio desatino. Ramos, el fotógrafo de El Día, que casi nunca llevaba carrete en la cámara, porque eran tiempos de penurias, en una jornada memorable en que el estadio se llenó de pañuelos blancos contra el Tete, en vez de tomar la instantánea histórica, sacó también su pañuelo, henchido de fervor tinerfeñista. A Ramos lo cogió un toro en el callejón de la plaza de Santa Cruz y casi lo mata al pobre. Escobar, fotógrafo de este periódico, hacía fotos muy malas y siempre acudía a los actos más chungos. Una vez llegó con una foto memorable, que fue portada muy celebrada. Los fotógrafos eran seres de otro mundo, casi científicos. Y yo aprovecho la ocasión para homenajearlos y así no hablar de las dos Españas.

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