Anabel Díez escribe en El País: la izquierda tiene como objetivo que el tándem PP-Vox no consiga los tres quintos para modificar la Constitución. Por su parte, Iván Redondo desde La Vanguardia habla de la victoria electoral del PSOE, afianzada ahora por la imagen del beso de Pedro y Begoña, a la que denomina como triunfo sobre el bicho de la IA. Los dos representan a la España diferente que se observa desde Madrid y Barcelona: un lugar con mayoría consolidada de la derecha y otro a expensas de los pactos, con la amenaza del crecimiento de un independentismo ultraconservador. Dos panoramas distintos de la misma España o, si quieren, de una basada en la unidad y otra que no lo está tanto. Lo que no queda claro es que de una parte se declare el temor de la llegada de una coalición de derechas con 210 escaños, y desde el otro lado se declare una victoria que haría rebajar esa cifra sensiblemente. En cualquier caso, Redondo no dice que Sánchez pueda formar Gobierno, para ello habría que mover 34 escaños y eso, más que poco probable, es imposible. Entonces el objetivo es defender la Constitución. Para ese viaje no hacen falta alforjas porque siempre estará en manos de los socialistas pactar con los populares el cambio constitucional en el que coincidan ambas formaciones políticas, demostrando, de una vez por todas, que a ambos les mueve una responsabilidad de Estado. La clave está en que los deseos de Iván Redondo, basados en los cálculos de su amigo Gandalf, se hagan realidad y entonces arroje a Feijóo directamente a los brazos de Abascal. No entiendo esa preocupación de una izquierda que hasta ayer abominaba del régimen del 78, diciendo que el texto constitucional no les representaba. Esta es la misma izquierda que ha sustentado al sanchismo durante ocho años con una exigua mayoría y que ahora se muestra defensora de todas las esencias benéficas de la Transición. Ya sé que hablar de Transición es hacerlo de una antigualla que no entienden las nuevas generaciones, pero cuando se le ven las patas al lobo, embadurnadas en harina, tiemblan los corderos. Poner a la luz estas cuestiones es hacer el diagnóstico de lo que nos sucede. Si la mayoría coincide en lo que tenemos que salvar, hagámoslo ya. Al menos la parte responsable de la política debería estar obligada a llevarlo a cabo. Si hay que reformar la Carta Magna adelante, pero con el consenso más amplio de la sociedad española, aunque eso suponga renunciar a cualquier tipo de personalismos. Eso hicimos en 1978 y conseguimos el marco que nos garantizó el progreso durante 40 años. Es difícil lograrlo porque lo que prima es el interés de partido aunque el país se haga pedazos. En esto hemos vivido los últimos años y me temo que seguiremos por unos cuantos más. Sin embargo, la solución está en manos de quien está. Entonces se acabarían las amenazas de volver a centralizar la educación, la sanidad y otras cosas, amén de cambiar la ley electoral para que las minorías que hoy apoyan al Gobierno no tengan otra oportunidad de hacerlo. Es fácil. Dice Anabel que esto preocupa a muchos intelectuales de izquierdas. No es el ambiente que vi en Fuenlabrada, con bailes, camisetas y besos, para ocultar con la euforia una realidad de sonrisas y lágrimas. Al final, a los pocos días leemos en la prensa lo que leemos. No me lo invento.
