Luis Kerch fuma puros en Tenerife y en Baja California. En Nivaria chupa cigarros Vargas de La Palma, mientras que en tierra de pericúes agarra tabaco de la Mayor de las Antillas. Cuando pintaba en el condado de Kent, en el Reino Unido, no fumaba puros ni bebía té a las cinco. Sí tragaba buenas pintas de trago largo.
Ahora vive en la ciudad de Todos Santos, cerca de Los Cabos, en el desierto, junto a cardones gigantes, choyas, torotes y algún coyote despistado. A veces, con el habano apretado entre los labios resecos, divisa ballenas jorobadas. El Pacífico está a tiro piedra.
Luis Kerch pinta en el suelo con brocha gorda o lo que atrape. Rodilla en tierra pulveriza la tela y echa humo cubano por la boca. Los colores transparentan en veladuras y aguadas. Apoya luego el lienzo sobre el caballete, enciende de nuevo el puro sanador y se adentra hacia la maleza flaca. El canto rítmico del cuitlacoche acompaña al domingo. ¿O será sábado? En el eriazo de Todos Santos, por el que cruza el trópico de Cáncer, las horas no pasan igual.
Si aprieta se está mejor bajo techo. Corre algo de brisa en la corriente de aire. El pintor camina descalzo sobre las fronteras delgadas del arte: los lienzos orgánicos cubren el firme de microcemento. Un extraordinario paño de técnica mixta se agarra vertical al bastidor tras olvidar el polvo baldío. Kerch abstrae el territorio desde el alma. Juega con la percepción y la realidad. Apresa el tiempo. La representación del paisaje rompe con la idea del horizonte. Requiere maestría. Luis Kerch es un maestro. Atrapa el vivir, lo que percibe. Depurar el proceso creativo no es fácil. En su obra no hay bocetos, solo una imagen que trasciende.
Verde en el oasis de los sentidos. Las sombras de la vegetación se confunden con los trazos que manchan el gran formato. La intemperie continúa dejando huella. Cae la tarde en el bosque de cardones y el silencio se observa. La genialidad captura lo que está en el interior.
Hace años que la luz de Tenerife no fue suficiente. Y los estímulos tampoco. Nunca lo son para quienes tienen el don de la excelencia. Por eso, junto a Victoria (siempre), Kerch cogió paletas en otras latitudes para erigirse en lo que hoy es. La conexión con el desierto ha significado que su obra haya experimentado una notable evolución artística y se cotice alta. No sorprende que sea uno de los pintores más célebres de México y con gran proyección en Estados Unidos. En próximas fechas expondrá en los institutos de Cultura de México en Houston y Washington. El mercado gringo no le quita ojo. Lógico.
Kerch descansa estos días en su isla querida para recargar amores y tinturas. Y a José Carlos Acha, consejero de Cultura del Cabildo, no se le escapa una. Consciente de la breve estancia del creador, el Museo de la Naturaleza y Arqueología (MUNA) de la Capital tinerfeña exhibirá desde este jueves, 8 de octubre, hasta el 3 de noviembre, en primicia internacional, la instalación inmersiva Sintaxis del Horizonte: texturas botánicas en un único lenguaje contemporáneo que nos trasladará al desierto californiano de México.
Carlos Pallés, el director del MUNA, está radiante de alegría, pero debió ser Tenerife Espacio de las Artes quien acogiera el regalo de Kerch. El primer espacio expositivo de Tenerife merecía arropar a uno de los mejores artistas canarios vivos. Aunque Luis nació en México es nuestro.
En unas semanas Todos Santos recibirá al pintor que destapó el tarro de las esencias cerca de África. Esta población mágica, una de las más bohemias, intelectuales y enriquecedoras del continente americano, es su casa. Y a ella miramos con envidia y gratitud. La huella y los éxitos de Luis Kerch inspiran al alisio.

