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Mi calle

Un tipo, junto al cajero de la Caixa, le está vendiendo a otro algo, prefiero no saber qué. A grito pelado. Un borrachuzo habitual los increpa a gritos, preguntando si no hay nada para él. Junto a ellos, una señora de buen ver saca dinero del cajero de al lado, confiada, se ve que es de aquí. Mi calle, de madrugada, es una caja de resonancia y las noches pueden ir desde lo más plácido a lo más vociferante. Antes, con las voces, mi perrita Mini levantaba la cabeza y si la algarada era notoria, ladraba. Como ahora se ha quedado sorda, sólo yo me percato del avatar de cada noche. La policía pasa frecuentemente, pero cuando la policía pasa no hay nadie: misteriosamente, desaparece todo el mundo. Yo lo entiendo, cada cual se protege como puede. De día, mi calle es alegre y ruidosa; en el Puerto de la Cruz la gente se saluda a gritos, de toda la vida. También dice “ariopuerto” en vez de aeropuerto y cuando pasan por ti los viandantes, te invitan: “¿Vamos?”. La maresía invade la calle en la noche de otoño, pero la humedad que provoca es leve, no como hace una semana, cuando no se podía dormir. Ha cambiado el tiempo, pasan muy pocos coches en la madrugada y el termómetro marca 21.3 grados centígrados y 48% de humedad, una bendición. Me pongo a escribir de noche con el televisor apagado; ya no me concentro como antes. Cuando era joven podían gritar a mi lado en la redacción que yo seguía con el artículo, pero ahora no. Necesito silencio. Me molesta todo: el ruido, la campaña electoral, la demagogia de unos y de otros, la televisión, el sunsunete -mi madre decía sunsunete- de la radio, todo. Debo descansar, mañana entrevisto en Los Limoneros. Pensar que me tengo que echar a la carretera me causa pavor.

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