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Mi televisor

Mi televisor tiene algo así como 27 años. Es un Panasonic de 70 pulgadas, de los primeros que no vinieron con la espalda ancha. Lo compré en El Corte Inglés y fue la mejor adquisición de mi vida. Lo he instalado en cuatro de mis 19 casas y sigue con un color maravilloso. Dos veces me ha dado un susto. Un susto de un televisor como el mío es como el susto médico que te da un familiar. Pesa algo así como 100 kilos y para moverlo hacen falta tres personas. El técnico que me lo conectó la última vez se despidió, tras cobrar la instalación, con una frase lapidaria: “Es un gran aparato, pero cuando se le averíe no me llame: tírelo”. Me quedé con la copla. Veo al mago pasear por El Trompo con el televisor nuevo en el carrito, presumiendo de poderío. Sobre todo, en fechas navideñas. Y yo con mi viejo Panasonic en casa, tan contento. La maresía ha dejado herrumbrentos –también es un palabro nuestro– los soportes que sostienen su pesada estructura. Mi tele parece un cine, le he colocado un aparato para ver Netflix –de cuota, ¿eh?— y he solucionado el problema de que mi vieja tele no tiene sino un par de euroconectores, que creo que ya no se usan. No puedo enchufar el reproductor de CD porque me faltan puntos de conexión, así que me quedo sin ver la peli Fort Bravo, que me regaló Alberto Segura. Me han dicho que en Media Markt venden un ladrón de euroconectores, pero fui y no había. Me consiguió Alberto esa peli tras arduas gestiones porque estaba descatalogada. No me pienso comprar otra televisión, me moriré viendo esta. Los partidos del Real Madrid los vivo como si estuviera en el Bernabéu. La barra de sonido se me quedó en una mudanza, pero se escucha bien sin ella. Entre mi tele y cualquier novia, me quedo con mi tele. A pesar de la incertidumbre del arranque.

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