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tribuna

Vivienda y viviendo: el momento que vivimos

Woody Allen sorteó como pudo la pregunta cuando el jueves aterrizó en Madrid a la edad bíblica de 90 años. A este superviviente del último siglo, cuya genial cabeza le permite hacerse pasar por todo menos por tonto, le pidieron una opinión sobre la crisis de la vivienda que había estallado en la ciudad donde hará su próxima película. Se salió por la tangente.

El director de Annie Hall dijo que no es un cineasta político y solo habla de relaciones humanas y cuestiones existenciales. Lanzó la pelota lejos, sobre los tejados.

Algo por el estilo ha hecho Carles Puigdemont, el líder de Junts, que, por presiones de los buitres leonados, ordenó votar no a los decretos de Sánchez sobre la emergencia habitacional, que el bloque de investidura, incluida CC, apoyó en la votación por llamamiento -en parte o en su totalidad-. Así que lo que queda es la acampada y elecciones anticipadas. Habrá huelga general, manifestaciones como las de ayer agitando las llaves domiciliarias en Santa Cruz y un sinfín de eslóganes y lemas, como parecía querer condensar la diputada Tesh Sidi: “La derecha está con Blackstone. Pero nuestra patria son los barrios. Frente a sus áticos, nuestras plazas. Frente a su miedo, nuestra esperanza.”

Feijóo, si no gana las elecciones, ya sabe por lo que ha sido. La pelota que se quitó de encima el catalán le cayó a los pies. La tuvo en bandeja para redimirse como partido de Estado y decir aquí estoy yo, cual se le adivina en el gesto. Con solo haber salvado con la abstención el decreto de trámite, el de mayor sensibilidad social, que planta cara a los fondos, refuerza la oferta y prohíbe hasta 2030 los desahucios a personas vulnerables, habría quedado como Dios.

¿Le faltaron reflejos? Era un simple movimiento de ficha, no ideológico, de liderazgo político, con el que marcar la agenda camino de las urnas: con Ceuta y la vivienda en la gatera antes de la largada. Ese, el peor escenario para Sánchez, sobrevoló la Cámara cuando Junts se apeó de la mayoría progresista con una espantada cruel. En 2023, Feijóo se borró del debate de RTVE con Sánchez, Yolanda Díaz y Abascal. Y no gobernó. Ahora reincide en pasividad.

El propio Sánchez intervino por sorpresa antes de la votación para sembrar la sospecha electoral con esta dedicatoria a la trinca de PP-Vox-Junts: “La historia les juzgará antes de lo que creen y con más contundencia de la que imaginan”. No es lo mismo convocar elecciones con la soga al cuello que con la sartén por el mango. La cita podría ser el 29 de noviembre, y el anuncio, mañana mismo, antes de la ejecutiva del PSOE. La película cambió de plano. De Ceuta a la Puerta del Sol. De la inmigración a los fondos buitre.

Hasta el viernes cabía un dilema. ¿El drama de la vivienda perjudica a la derecha o a la izquierda? Quedaron definidos dos bloques, el progresista y las derechas (PP, Vox, Junts y UPN). Y el no a la gente penaliza al segundo bloque. Sánchez y la izquierda al PSOE -con nuevo ariete en el ministro Bustinduy- recuperan la iniciativa. Y vuelve el suspense.

Estamos ante la mayor espoleta social en décadas. De Madrid a Nueva York y de Canarias a Berlín, la vivienda es la bandera que agitan millones de seres humanos desesperados por alquileres prohibitivos y la imposible compraventa de un techo. ¿Cómo no cerrar filas por el bien común?

El de Waterloo, que el martes será amnistiado por el Tribunal Constitucional y podrá regresar cuando quiera, ha pagado con esa moneda al perdón de la democracia y no ha tenido escrúpulos con las víctimas inmobiliarias que encarna Maricarmen. La mujer de 87 años armó una revolución desde su Camelot en un sexto piso del barrio de Retiro -que habitó 70 años- y podrá volver a su hogar. Antes del acuerdo con los caseros, dijo desde el hospital, una vez desahuciada: “No he logrado defender mi casa, pero sí he luchado para que los demás aprendan”.

En el Congreso son duros de mollera. Y la derecha no tuvo compasión. El viernes, la élite del PP y Junts eludió la pregunta que le hacía la sociedad sin distinción de ideología. Pero Puigdemont y Feijóo no son Woody Allen. Son actores políticos que malinterpretan las prioridades del ciudadano de a pie. La cesta de la compra, la sanidad y enseñanza públicas, el acceso a la vivienda…

El 15 M, con M de Maricarmen, vuelve a las plazas y las calles de media España, ayer masivamente. El Congreso ha vuelto a decir nones a la vivienda. La izquierda obtiene, de rondón, un obsequio inesperado para requerir una votación extra, excepcional, a fin de resolver este problema, porque con la oposición no se puede contar.

No han tenido suerte Almeida y Ayuso, que exigen que les desalojen a la gentuza de la Puerta del Sol. El País preguntaba a una mujer que estuvo en ese asentamiento en 2011, y hoy es una ingeniera, por qué ha vuelto en 2026 al mismo lugar, y parafraseó el final de García Márquez en El coronel no tiene quien le escriba: “Porque vivimos un momento de mierda”.

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