WhatsApp es una aplicación extraordinaria. Nos permite hablar gratis con un primo en Venezuela, mandar una fotografía a Australia, organizar una comida familiar en treinta segundos y comunicar urgentemente que hemos comprado dos kilos de papas. Yo lo uso, y, en general, me resulta bastante útil.
El problema aparece cuando su usuario transita del uso al abuso, y, el estridente «¡clin!» de la aplicación revienta, por ejemplo, tu dulce siesta. Metes un respingo en el sofá, te cagas en todo lo que se menea, y, con la mala leche saliéndote por las orejas, miras la pantalla para saber el motivo de la urgencia. Entonces, caliente como un macho ves un gato bailando bachata, un cura haciendo zumba o un abuelo meneando el culo como si no hubiera herederos mirando.
En otros tiempos, para entrar en una casa ajena, y siempre en horarios civilizados, tocábamos delicadamente la puerta o el timbre. Desde dentro alguien preguntaba “¿quién va?”, te identificabas y, si obtenías permiso, entrabas y le comías la oreja al vecino.
Ahora entramos directamente en su dormitorio mediante un teléfono móvil, le comemos la oreja igualmente y además le reventamos el sistema nervioso.
También estamos perdiendo la vieja costumbre de hablar. Antes llamábamos, preguntábamos “¿cómo estás?” y entablábamos una conversación normal. Ahora mandamos un audio de cuatro minutos para evitar una llamada de treinta segundos.
Y mención especial merecen los machanguitos (emoticoños). Hemos conseguido resumir miles de años de evolución del lenguaje en una papa, un corazón y una mierda con ojos. Cervantes se levantaría de la tumba para volver a acostarse.
Sería de ingratos, ya dije, negar las virtudes de WhatsApp. Acerca a quienes están lejos, permite hablar y verse, resuelve urgencias, organiza familias y mantiene amistades que la distancia habría mandado al carajo. El problema es cuando decidimos usar la aplicación para tocar los cataplines al prójimo.
Me referiré a alguien que, cargado como un erizo, a las cinco de la mañana y mientras yo recuperaba el sueño tras la quinta meada por causa del prostatismo, me envió -¡clin!- un enlace de YouTube con El polvorete. Lo llamé al orden un día después y el muy jeta, con la chispa registrada y todo, se puso faltón y mimoso. Me dijo que sólo tenía un amigo en la vida, y al parecer era yo, y, entonces, me dio un aquello y le mandé un corazonito.
Otro colega tenía la deplorable costumbre de girarme videollamadas a todas las horas del día. Hasta que me hartó y quise acabar con aquella cacería. Un día me videollamó en la hora del almuerzo. Él estaba con su familia en la mesa, preparado para comer, y yo estaba en el baño, sentado, estreñido y regañado. Por educación, dudé si debía responderle. Pero era una oportunidad fastuosa para terminar con aquella matraquilla. Así que abrí la imagen y le mostré mi momento: en cuclillas y con el intestino alineado hacia el excusado. Fue, moñigo de santo, su última videollamada.
La gran amenaza de WhatsApp llega por la mañana, especialmente entre nosotros, los jubiletas, seres humanos que a las 06.47 h. ya estamos despiertos, duchados y con capacidad operativa para desear felicidad al continente entero. “¡Buenos días! ¡Que Dios bendiga este maravilloso sábado!”. Y detrás, un amanecer, siete rosas, una taza de café y dos pajaritos.
Y luego están los grupos: el familiar, el de amigos, fútbol, vecinos y aquel al que fuiste añadido en 2019 y del que no te atreves a salir porque WhatsApp anuncia tu fuga como si hubieras desertado de la Legión. Entras para preguntar a qué hora es la cena y encuentras 184 mensajes, 3 discusiones y 9 cumpleaños.
WhatsApp nació para acercar a las personas y lo ha conseguido de manera admirable. El próximo gran avance será una aplicación que nos deje en paz durante media hora apenitas.
Coño.
