Hablan dos jubiladas. “Dicen que nos van a quitar las pensiones. Vaya, otra vez a follar a los coches”. Esta desgracia siempre se agita cuando están cercanas unas elecciones. Por eso dice Wyoming que se va a jubilar antes de que llegue Vox y le quite la oportunidad de hacerlo. Lo cierto es que en las distintas alternancias en el poder esto no ha ocurrido, y el único que las congeló para que no se adaptaran al IPC fue Zapatero. En campaña las amenazas son variadas y El País, como vocero de la ideología progresista, desembarca en estas tácticas escasamente fructíferas, publicando en cabecera que vendrá el gurú austriaco de las deportaciones a expulsar a todos los inmigrantes, especialmente africanos y sudamericanos. El ambiente me divierte porque soy testigo directo de cómo se mueve la fábrica de los relatos y cómo le siguen los periodistas, despegados por un tiempo de su misión de objetividad. Por el contrario, si te atreves a hacer la crítica de la situación te llamarán de lo peor. Yo analizo el problema desde lo que se llama la realpolitik y considero que el gran capital también está presente en los medios de comunicación, que juega a dos bandas para intentar salvar sus privilegios. Me imagino que en los consejos de administración se debate entre las ventajas de apoyar a un progresismo que tienen medianamente controlado, porque los beneficios se ven aumentados, y el riesgo de someterse a los rigores de las huelgas generales, que ya se advierten como un anuncio de lo que vendrá después. Hay cosas que no hace falta decirlas para que la gente las entienda. Tomás Gómez comentaba ayer que una frase que no se explique por sí misma es una afirmación políticamente perdida. Esto que digo no tiene efectos electorales, pero no por ello deja de ser verdad, y si no, que le pregunten a la señora Botín con quién gana más dinero. En resumen, en la prensa se disfrazan de revolucionarios cuando en realidad están garantizando el éxito de sus patronos, o del accionariado. Solo hay que echar un vistazo al Ibex35 para comprobar que esto es así. La patronal suelta lo que tiene que soltar a cuentagotas para que una Yolanda que ya no existe se ponga una medallita, pero todo continúa siendo igual por más que se llene de tiendas de campaña la Puerta del Sol. A Hacienda y a la banca les interesa que el dinero circule. Cuanto más mejor. Así el cuñado de Alí Babá se quedará con algunas monedas de oro pegadas a la balanza donde las pesa. Cuántas más veces las pese más monedas tendrá, y todos tan contentos, menos los ilusos contribuyentes que se seguirán tragando las patrañas que les cuentan sobre mantener el Estado del bienestar. Hay un equilibrio en estas cosas. Ahí esta lo de la necesidad hecha virtud. Todo quebrantamiento moral, incluso faltar a la verdad, está justificado si se consigue un bien superior. Un bien que satisface a todos, a pesar de que no se den cuenta. En realidad Maquiavelo partía de la base de que el pueblo era tonto. Mientras yo sea capaz de tener amarrado al sindicato, igual que a un perro a su correa, la cosa va bien. Este es el secreto. Después están las gracietas de Wyoming y los análisis profundos de los tertulianos, de un bando y del otro, pero eso no sirve más que para entretener al personal. Esa es la razón de que lea El País cada mañana, con la única intención de divertirme.
