tribuna

Hasta aquí hemos llegado

Se dice que ha caído el sistema, pero lo que se ha caído es la careta de un Estado que vive exclusivamente de la propaganda para esconder su ineptitud. Es como si hubiéramos descubierto de pronto que estamos gobernados por unos inútiles, trepas que han conseguido conquistar la maquinaria de un partido para estrellarla como si fuera la locomotora de un tren sin control, o, lo que es peor, controlado por quien no sabe hacerlo. Hay un sobredimensionamiento de la capacidad de una militancia para dirigirnos, solo con ideología y lealtades compradas, en un ambiente de terror por perder el puesto, con el único fin de mantener el poder en manos de un narciso que, como la madrastra de Blancanieves no hace otra cosa que mirarse al espejo y enviar a un verdugo para eliminar a los que se crean mas guapos que él. He oído decir que estamos ante la gota que colma el vaso, pero en un sistema basado en la fanatización, cercana a la dictadura, esto es difícil de extirpar, porque no son razones de necesidad ni de eficacia las que se arbitran sino las de oportunidad, conveniencia y mentira. A los pacientes ciudadanos les gustaría decir: “ya era hora”, pero una falacia creada durante 8 largos años, más los que se tardaron en urdir el asalto al poder, no es fácil desmontarla en pocos meses. Esto lo saben en el PSOE, porque, aunque no se lo crean, hay un socialismo que no se ha dejado contaminar por esta etapa desgraciada que de milagro no lo ha llevado a la desintegración total. Repasando la historia de España, esto ya sucedió con el partido Radical de Alejandro Lerroux, desaparecido tras continuados escándalos de corrupción y que dio como resultado que sus restos hicieran posible la formación del Frente Popular, en 1936. Algunas voces sensatas llaman a la unión, pero a qué unión si se sigue contando con el que ha levantado los muros para el desentendimiento, ayudado por el que aconsejaba tensionar porque era el ambiente que mas le convenía. Las cosas han llegado a su límite cuando los ciudadanos se dan cuenta de que les va la vida si no funcionan adecuadamente, cuando se apercibe de que no puede trasladarse seguro a su trabajo, cuando ve arder las calles de su ciudad o ve que una oleada equivalente a la población invade la suya sin que pueda hacer nada, ni siquiera protestar. Se dice que se ha perdido la confianza, Per la confianza en qué. En la seguridad, que es en lo último que se puede perder. Mientras esto sucede se sigue defendiendo el principio de que la necesidad se hace virtud, a la vez que se oculta que esa necesidad es la de unos pocos que siguen con fervor al más interesado. Los españoles más prudentes han callado demasiado tiempo sobre algo que todos sabían, pero no se atrevían a decir, por mor de caer en lo políticamente incorrecto. Ha llegado la hora de perder el miedo y llamar a las cosas por su nombre. Los primeros en hacerlo deberían ser los socialistas, escandalizados de haber pasado por este calvario interior. No se trata de impedir que gobiernen los otros, lo más urgente es quitarse de encima al bicho que nos ha llevado a esta situación insoportable. En sus manos está. Hacer lo contrario sería seguir incubando a un monstruo que acabará por destruirlo todo. Todavía están a tiempo de rectificar. Sé que es difícil quitarse de encima el peso de tanta charo enamorada, pero incluso entre ellas me consta que hay más de una que no soporta lo que está pasando y en su fuero interno dice: “Hasta aquí hemos llegado”.

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