El James Webb descubre unas nubes de sal en el misterioso Planeta Rosa a sólo 57 años luz
El telescopio espacial captó en apenas dos horas lo que los mayores observatorios terrestres no lograron en una década: el espectro atmosférico de GJ 504 b, un objeto de 25 veces la masa de Júpiter cuya naturaleza sigue sin resolverse.
El telescopio espacial James Webb ha detectado indicios de nubes de sal en la atmósfera de GJ 504 b, el llamado Planeta Rosa, un objeto de masa planetaria que orbita una estrella similar al Sol a 57 años luz de la Tierra. El hallazgo, publicado el 18 de junio de 2026 en The Astronomical Journal, supone la primera evidencia directa de este tipo de nubes en un mundo frío y abre una nueva vía para estudiar atmósferas que hasta ahora escapaban a los instrumentos terrestres.
El equipo científico, liderado por Aneesh Baburaj, investigador postdoctoral del Center for Interdisciplinary Exploration and Research in Astrophysics de la Northwestern University, utilizó el espectrógrafo de infrarrojo cercano del James Webb para capturar la luz de GJ 504 b en un rango de longitudes de onda de entre 2,9 y 5,3 micrómetros. La observación completa duró en torno a dos horas. Ese dato contrasta con los intentos previos desde la superficie terrestre, donde varios equipos emplearon noches enteras con algunos de los telescopios más grandes del mundo sin lograr extraer un espectro utilizable del objeto.
Baburaj lo resumió con contundencia: los esfuerzos anteriores «no podían ver el objeto». Con el James Webb, en cambio, el equipo obtuvo una lectura química de alta calidad en una fracción de ese tiempo, según la propia Northwestern University. El resultado inmediato fue un espectro rico en moléculas: vapor de agua, metano, dióxido de carbono, amoniaco, sulfuro de hidrógeno y formas isotópicas del monóxido de carbono, entre otras trazas.
Qué reveló el James Webb en la atmósfera del Planeta Rosa
El hallazgo más llamativo llegó al intentar ajustar esos datos a los modelos astrofísicos convencionales. Los cálculos no cuadraban hasta que el equipo introdujo en las simulaciones un ingrediente inesperado: nubes. Y no de cualquier tipo. De los tres modelos de nube que probaron, el que mejor encajaba con el espectro observado era el formado por compuestos de metales alcalinos, en concreto cloruro de potasio y sulfuro de zinc.
Estas nubes de sal no son sal de mesa ni ninguna variedad conocida en cocinas terrestres. Se forman cuando gases presentes a altas temperaturas en la atmósfera se enfrían lo suficiente para condensarse en partículas microscópicas sólidas o líquidas, del mismo modo en que el vapor de agua se convierte en gotitas en la atmósfera terrestre. En GJ 504 b, ese proceso ocurre con compuestos mucho más extremos. Las partículas resultantes flotan en la atmósfera y dispersan la luz de la estrella anfitriona, contribuyendo al tono rosado que da nombre popular al objeto.
La capa de nubes, situada en capas profundas de la atmósfera, también suprimía las firmas espectrales de las moléculas situadas por debajo, lo que explicaba por qué los modelos sin nubes no funcionaban. Según Baburaj, una vez que las nubes de sal entraron en el modelo, los resultados se volvieron «físicamente posibles».
«Es la primera vez que encontramos que las nubes de sal son fundamentales para explicar el espectro de un objeto. Es un buen recordatorio de que hay que tener en cuenta las nubes en nuestros modelos.»
Aneesh Baburaj·Investigador postdoctoral, Northwestern University
La temperatura de GJ 504 b ronda los 290 °C, equivalentes a unos 550 °F. Esa cifra puede sonar elevada, pero en el contexto de los exoplanetas fotografiados directamente es notablemente baja: la mayoría de esos mundos se sitúan entre los 540 y los 1.100 °C. La relativa frialdad del Planeta Rosa se atribuye a su edad: los planetas gaseosos nacen extremadamente calientes y se van enfriando con el tiempo. El estudio estima que GJ 504 b tiene entre 2.500 y 4.000 millones de años.
Un objeto en el límite: ¿planeta gigante o enana marrón?
Más allá de las nubes de sal, el estudio deja sin resolver una pregunta de fondo que acompaña a GJ 504 b desde su descubrimiento en 2013: ¿qué es exactamente este objeto? Con una masa estimada en unas 25 veces la de Júpiter, el planeta más masivo de nuestro sistema solar, GJ 504 b se sitúa en la frontera difusa entre los planetas gigantes y las enanas marrones, una categoría de objetos demasiado pequeños para desencadenar fusión nuclear en su núcleo, a los que a veces se denomina «estrellas fallidas».
Los astrónomos utilizan de momento la etiqueta «compañero de masa planetaria» para referirse a él, una categoría deliberadamente vaga que refleja la incertidumbre sobre su origen. La evidencia química apunta a una mayor abundancia de elementos pesados, como el carbono, en comparación con su estrella anfitriona. Ese patrón suele asociarse a planetas que se formaron dentro de un disco de gas y polvo alrededor de una estrella joven. Sin embargo, el equipo reconoce que las vías de formación de enanas marrones pueden producir firmas químicas similares, por lo que el debate sigue abierto.
El James Webb también detectó señales de lo que los astrónomos denominan química de desequilibrio: los gases de la atmósfera de GJ 504 b no se encontraban en el equilibrio químico que cabría esperar en una atmósfera en reposo, lo que sugiere que el aire está en movimiento, arrastrando moléculas desde capas más cálidas hacia el exterior antes de que puedan estabilizarse. Es un detalle que ningún conjunto de mediciones de brillo podría haber revelado y que solo fue posible gracias a un espectro completo.
Para el lector interesado en astronomía, este hallazgo tiene una implicación práctica directa: el James Webb ha demostrado que puede analizar mundos fríos y tenues que hasta ahora quedaban fuera del alcance de cualquier observatorio terrestre. Las nubes de sal en atmósferas frías eran una predicción teórica formulada hace más de quince años. Que nadie hubiera encontrado evidencia directa de ellas durante ese tiempo no se debía a que no existieran, sino a que los instrumentos disponibles no eran suficientes.
El trabajo, titulado JWST-TST High Contrast: First Direct Spectroscopy of GJ 504 b Reveals Clouds and Possible Metal Enrichment, fue elaborado en colaboración con científicos del Space Telescope Science Institute, entre ellos Marshall Perrin, quien diseñó el programa de observación para este objeto. La metodología desarrollada en este estudio abre la puerta a futuras investigaciones con el James Webb sobre otros objetos fríos y tenues del cosmos, una categoría que hasta ahora permanecía en gran medida inaccesible para la espectroscopía directa.