Radiactividad en alimentos vuelve a situarse en el centro del debate sanitario internacional tras la retirada de un nuevo envío de camarones importados por posible contaminación con cesio-137, un isótopo radiactivo altamente peligroso. El caso ha reavivado la preocupación sobre los controles de seguridad alimentaria y la exposición crónica de la población a contaminantes radiactivos a través de la dieta.
La detección de cesio-137 en productos destinados al consumo humano ha generado inquietud entre expertos y organizaciones de defensa de la salud, que llevan años alertando de los riesgos asociados a la presencia de radionucleidos en los alimentos. A diferencia de otros contaminantes, el cesio-137 no es un elemento natural: se produce exclusivamente en reactores nucleares y durante accidentes atómicos, y puede persistir en el medio ambiente durante siglos.
El reciente informe de la Comisión MAHA 2025 ha sido objeto de críticas por no incluir la radiactividad en alimentos como posible factor en el aumento del cáncer y de las enfermedades crónicas. Sin embargo, numerosos estudios científicos han demostrado que vivir cerca de centrales nucleares incrementa el riesgo de cáncer, incluso sin que se produzcan accidentes graves.
Los reactores nucleares generan residuos radiactivos y radiación ionizante que pueden filtrarse al aire, al agua y al suelo, entrando así en la cadena alimentaria. Una vez ingeridos o inhalados, isótopos como el cesio-137 se alojan en los tejidos blandos del cuerpo, irradiando las células de forma continuada.
Radiactividad en alimentos y el legado de Chernóbil y Fukushima
Décadas después del desastre de Chernóbil, investigadores detectaron radioactividad cesio-137 en carne de animales domésticos y de caza en Polonia, así como en alimentos y en los cuerpos de niños en Bielorrusia, donde se observaron enfermedades cardiovasculares pediátricas. Estos hallazgos reforzaron la evidencia de que la contaminación radiactiva puede mantenerse activa durante generaciones.
El cesio-137 tiene una vida media de aproximadamente 30 años, pero su peligrosidad puede extenderse hasta 300 años. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), incluso dosis muy bajas pueden aumentar el riesgo de cáncer, causar daño renal y provocar otros efectos graves para la salud.
Durante el pasado verano, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) emitió varias advertencias tras detectar radioactividad cesio-137 en camarones importados desde Indonesia. Estas detecciones desencadenaron retiradas masivas de productos y una amplia cobertura mediática. Investigaciones independientes señalaron que amplias zonas de Indonesia podrían estar contaminadas.
El caso llegó al ámbito político. Senadores estadounidenses iniciaron investigaciones formales para exigir a las cadenas de supermercados explicaciones sobre cómo evitar la comercialización de productos contaminados. Incluso se reclamó la suspensión total de las importaciones de camarones procedentes de zonas afectadas, al considerarlas una amenaza para la salud pública.
Radiactividad en alimentos y los límites de seguridad
Más allá de los camarones, las autoridades han detectado recientemente otros productos contaminados, como clavo radiactivo y prendas de vestir con presencia de cesio-137. La Organización Mundial de Aduanas lanzó la denominada “Operación Raya”, logrando incautar decenas de cargamentos con materiales nucleares y radiactivos en apenas unas semanas.
La preocupación por la radiactividad en alimentos no es nueva. Tras el accidente de Fukushima en 2011, organizaciones de vigilancia ya advirtieron del riesgo de contaminación de productos marinos por radiactividad. En 2023, el vertido controlado de agua radiactiva al Pacífico volvió a disparar las alarmas, aunque la FDA restó importancia al impacto, asegurando que el cesio-137 no se acumula en los mariscos.
Sin embargo, la Comisión Internacional de Protección Radiológica ha señalado que, aunque el isótopo pueda excretarse parcialmente, se acumula en el organismo humano cuando se ingiere de forma continuada, incluso en cantidades mínimas.
El camarón indonesio retirado del mercado contenía 68 bequerelios de cesio-137. El denominado “nivel de intervención derivado” de la FDA se sitúa en torno a los 1.200 bequerelios, una cifra muy cuestionada por expertos, que consideran que no existe un nivel seguro de exposición a este tipo de radionucleidos.
Organizaciones de salud han reclamado a las autoridades que se endurezcan los límites y se apliquen controles más estrictos de esta radiactividad. También solicitan que los alimentos contaminados se retiren inmediatamente o, como mínimo, se etiqueten con advertencias claras para que los consumidores puedan tomar decisiones informadas.
La experiencia de Chernóbil y Fukushima dejó una lección clara sobre la importancia de la transparencia. Minimizar la contaminación por radiactividad de los alimentos, advierten los expertos, no protege la salud pública. Solo el establecimiento y la aplicación de normas basadas en evidencia científica pueden hacerlo.