El desconocimiento no debe eximirnos de la culpa cuando erramos; es muy humano tratar de excusar una falta o el daño infringido a alguien con el argumento de la ignorancia. Esta semana hemos vivido varios episodios, alguno de ellos recurrente, en los que esa especie de armadura justificativa nos ha vuelto a retratar, sobre todo, como sociedad. Me quedo con dos. El primero es parte del folklore moralista que surge en esta Isla de vez en cuando con tal fuerza que parece que nos define. El espectáculo del youtuber Wismichu en el teatro Guimerá generó una polémica basada en las apreciaciones de varios padres que fueron junto a sus hijos a ver el show. Y todos los medios -incluido este y por ello erramos- nos hicimos amplio eco de unos juicios de valor sin estimar si se justificaban frente a lo que había sucedido sobre las tablas del escenario. Pasados los días y escuchando a unos y otros, lo cierto es que, personalmente, creo que si lo que hace Wismichu no gusta, lo único que se puede hacer es no ir a verlo y si se va y no se conoce de qué va su espectáculo, el problema no es de él, sino de esos padres que no sabían a lo que iban (ni ellos, ni sus hijos). Y, por cierto, quien ve cosas inmorales o retorcidas donde no las hay o no se muestran como tales igual tiene el problema que no posee aquel al que se acusa de perpetrarlas, máxime si se hacen desde la ficción.
El otro hecho es mucho más relevante y cruel. En un campo de refugiados de Grecia hay niños sufriendo amputaciones de pies por tener que dormir durante días en tiendas de campaña inundadas por la lluvia. Aquí no es la ignorancia lo que nos señala, sino la una infinita hipocresía, desvergüenza y fracaso como seres humanos.
