Con un trompo puede destruirse el mundo. El otro día, durante el paseo romero portuense, vi desde mi balcón a un infante con una peonza destruyendo el impecable pavimento de mi calle recién asfaltada. Cada vez que lanzaba el trompo sacaba esquirlas de piche de la vía, abría agujeritos que, de haber durado el paseo una eternidad, hubiesen destruido la calle. Además, el perverso menor comía a destajo los huevos duros que le ofrecían los romeros de las carretas y tiraba las cáscaras al suelo, en vez de depositarlas en la cercana papelera. Un asco. Antañazo, cuando nosotros jugábamos al trompo, los violentos colocaban en el extremo inferior del mismo un clavo afilado, para destruir las peonzas de los demás. Yo nunca fui un asesino de trompos, a mí me gustaba el juego limpio, debo hacerlo público, para que quede. Además, había que hacerle una cruz al juguete en su extremo superior, porque si no los puristas te recitaban aquello de “Perrús, perrús, este trompo no tiene cruz” y lo lanzaban a los vecinos tejados. Hubo un tiempo en el que los tejados de la Plaza del Charco estaban llenos de trompos viejos, con los que jugaban los ratones. Por la noche se escuchaba el rodar de unos y de otros por entre las tejas, dando posterior trabajo a los techistas. En Londres, en el siglo XIX, los violinistas tocaban en las azoteas, sobre todo en Navidad. Aquí, los arregladores de techos retiraban en verano los trompos sin dueño que habían sido lanzados por los chicos malos desde la plaza. Un niño con un trompo puede ser también un diablo, hay que tener mucho cuidado de que no te clave la perinola en un pie, al menor descuido. Y es que proliferan por ahí niños con muy mala leche, que saben dónde apuntar.
