En la Gran Canaria ha anidado y proliferado la molestosa culebra real californiana, especie invasora que ha colonizado barrancos y hasta domicilios. Es menos peligrosa que el canarión mismo, pero asusta al personal y le da asco. Se han organizado capturas del ofidio, pagadas por el Cabildo, o algo así, pero el otro día la Poli Nacional y la escurridiza Policía Canaria (escurridiza en su sentido literal, porque no se le ve por ninguna parte) organizaron un aquelarre portuario en La Luz porque un soplo les advirtió de que alguien transportaría reptiles californianos, en un coche, para dispersarlos por Tenerife, donde todavía no han hecho fortuna. Para joder, vaya. Registraron al personal pero no sé si hallaron los reptiles. El otro día transitaba yo por el callejón de Maquila lagunero y cayó de un tejado un pedazo de lagarto tizón que me dio un susto de muerte y eso que salía yo del cardiólogo. Creí que era una rata tan negra como mi propia suerte, aunque finalmente resultó ser el enorme fardacho, que por poco aterriza en mi cabeza. Ya no se puede ni siquiera andar por la calle, porque te puede atropellar hasta un tizón de tejado, que se cría entre verodes y bebe del sereno de Aguere que manda huevos. Total, que di un salto y aparté el carrito de Mini, que me acompañaba y que no se enteró de nada. Yo me pongo en Juan Ramón Jiménez para hablar con Mini, como él hablaba con Platero, solo que Mini es más inteligente que el burro, o al menos lo parece. Acepto jumento y perro como animales de compañía, pero no al lagarto tizón ni a la culebra real californiana, tan molesta como impropia de unas islas donde las culebras nunca estuvieron satas por ahí. Por lo menos el lagarto es un amigo de siglos. Menudo coñazo. Y eso.
