Yo soy un mal aficionado al fútbol. Soy madridista, como lo fue mi padre y como lo fue mi abuelo, pero me cabreo mucho cuando el Irreal Madrid no consigue títulos. El otro día disfruté como un enano (¿se puede decir esto todavía?) viendo el baño de fútbol que Mouriño le dio a Hansi Flick en el campo del Barsa. Un baño rotundo. El Barcelona no puede aspirar a ganar una Champions siendo pobre, no pudiendo fichar a figuras y sólo con la cantera. La Liga, puede, aunque no creo porque veo fisuras múltiples en el equipo que viste de azulgrana, sobre todo en defensa. Hay mucho chiquillo. El mejor es Raphinha, al que querían echar, y Lamine Lamal está sobrevalorado y se lo tiene creído. Cucurella y sus pelos lo secaron en el partido y la única que tuvo la desperdició. Cuando empató el Barcelona apagué el televisor, por eso digo que soy un mal madridista. Luego vi el post partido y el partido entero, en diferido, porque es mejor para mi corazón no vivir en directo un duelo con resultado incierto. Tengo mis manías: cierro los ojos cuando el enemigo lanza un córner y sí veo la repetición. Uno las va adquiriendo a medida que se hace más viejo y cada vez soporto peor las desgracias. Todos los culés vaticinaban en televisión una goleada del equipo catalán, pero se equivocaron. El Irreal Madrid sobrevive a las catástrofes con la frente muy alta y con el corazón herido, pero latiendo. La Federación de Estadística del Fútbol proclamó a este club como el mejor del siglo XX, por pura estadística. Y en el siglo XXI viene siendo igual. El Barsa está en un segundo nivel: en una semana le han metido seis goles y ha perdido dos partidos con equipos muy superiores, el Irreal Madrid y el PSG del moro de Catar. Aprendan y menos fanfarronería.
