Pablo Iglesias es un señor inteligente, un político hábil, con discursos bien armados, que ha sabido usar a los medios como herramienta para dar a conocer sus ideas. Es profesor universitario. A veces es muy dogmático, pero ha demostrado, por contra, ser capaz de renunciar o, simplemente, cambiar de criterio en determinados asuntos dado su tactismo, algo que habrá mamado de su amada revolución francesa (la de Danton y Robespierre, entre otros) y de Juego de Tronos. Por supuesto que se equivoca, pero esquiva bien esos fallos con algo de soberbia y su capacidad para dejar claro que posee -a su juicio- una cierta superioridad intelectual. Vamos, lo que hace el 99% de los políticos y, seamos, sinceros, una buena parte de la sociedad. Porque Iglesias es un producto engendrado en el seno de una sociedad que permite ese tipo de comportamientos y que, incluso, los alienta. Los periodistas tampoco somos ajenos a esas formas de perdonavidas, de creer tener patente de corso, de creernos más de lo que somos. Unos y otros, cuando se sienten atacados, muerden -unos con mayor ridículo que otros- y yerran. Eso le pasó a Iglesias esta semana. A mí, que se meta con el periodismo en general, pues como que me da igual, la verdad. Es más de lo mismo. Matar al mensajero, creer que el periodista es malo malísimo y el político un ser indefenso ante esa maldad. Pues vale. Lo que es imperdonable y hace de esa intervención algo deleznable es señalar a un periodista en concreto, con nombre y apellidos. Mofarse de él, ridiculizarlo e insistir en marcarlo, en ponerle una cruz ante los suyos. Hasta hace no mucho en algunas calles de este país había dianas con rostros de periodistas. Pero todo sea por esas risas del público entregado a Iglesias.
Matar al mensajero
Lo que es imperdonable y hace de esa intervención algo deleznable es señalar a un periodista en concreto, con nombre y apellidos. Mofarse de él, ridiculizarlo e insistir en marcarlo, en ponerle una cruz ante los suyos
