Creo que por segunda vez en esta ventana voy a mencionar el libro La guerra no tiene rostro de mujer, de la Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich; para escribir una vez a la semana puede parecer que uno no tiene de qué alegar, lo que ocurre es que ante la inmensidad de esta obra, ante el cúmulo de sensaciones que deja atrás esta lectura, intentar aportar algo a los manidos -y desasosegantes- debates de la actualidad se convierte, sobre todo, en pereza. Si solo un lector de este texto se anima a leer la citada obra, seguramente, habré aportado muchísimo más que si hablara de esos apasionantes titulares que acumulamos estos días los medios de comunicación. En esa, para mí, monumental labor periodística, Alexiévich recupera la voz de centenares de mujeres rusas que participaron en la Segunda Guerra Mundial. Desde la primera línea del frente hasta la retaguardia y la espera, sobre todo de sus muertos, cientos de miles de mujeres lucharon en una batalla contra su propia humanidad, una humanidad que la autora reconoce que, al recopilar esas voces, se confirmó muy distinta a la de los hombres, aún más, en el momento del conflicto bélico. El libro es durísimo con relatos sobre el horror y la crueldad del ser humano, pero también sobre su bondad, el deseo de vivir, la relación con la muerte, el amor, la felicidad, el olvido, el perenne olor a sangre que a algunas no las abandonó nunca o el rechazo, incluso con reacciones alérgicas, ante el color rojo. Casi todas las protagonistas lloran. Y es así como acabas al terminar de leer el último testimonio del libro. No hay explicación o acotación final de la autora. Sus transcripciones (varios años de “sufrimiento” y trabajo) lo han dicho todo durante cientos de páginas. Uno de los más grandes y terribles relatos sobre la condición humana que he leído jamás.
Un libro
Creo que por segunda vez en esta ventana voy a mencionar el libro La guerra no tiene rostro de mujer, de la Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich; para escribir una vez a la semana puede parecer que uno no tiene de qué alegar
