el fielato

Campaña

Siendo a desconfiar del dogmático, pese a que, a veces, admiro a quienes son capaces de defender una postura ideológica, intelectual o emocional hasta sus últimas consecuencias

Siendo a desconfiar del dogmático, pese a que, a veces, admiro a quienes son capaces de defender una postura ideológica, intelectual o emocional hasta sus últimas consecuencias. En principio no es excluyente una cosa y la otra, pero termino arribando la mayoría de ocasiones a la certeza de que aquellos que basan en la fe y la inviolabilidad de sus ideas o conceptos sobre lo que es o no es terminan por convertirse en insufribles aleccionadores dogmáticos. La ambivalencia, la duda, la contradicción suelen despertarme más confianza, aunque en esta sociedad de maniqueísmos contantes eso resulte más un defecto que una virtud. En esta -la enésima decepcionante- campaña electoral que comenzó en diciembre pasado, en un continuo inalterado por el resultados de las urnas, los partidos y sus candidatos apelan a eso, a la fe, a creer en ellos, a que confiemos ciegamente en el dogma mayor de que los que están son mejores que los que vienen, o que los que aspiran a gobernar son mejores que los que han gobernado. Y poco más. Brocha gorda para llegar al electorado. Y, claro, hay que ceñirse a cuatro conceptos, a cuatro ideas para no mostrarse dubitativos y que se les pueda señalar la herejía. De ahí que, de momento, lo que más ha trascendido a la sociedad en esta nueva convocatoria es el himno merengón del PP, el catálogo de Ikea de Podemos, los sudores de Rivera, casi nada nuevo del PSOE y que Coalición Canaria es canaria. Y a pasar rápido por la campaña oficial para el 26 de junio cada uno de ellos rezar en sus particulares altares (Algún día, no muy lejano, igual alguien habla con un pajarito como Nicolás Maduro, el presidente venezolano, que, al parecer, también se presenta a estos comicios).

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