La investidura de un presidente del Gobierno tras las elecciones generales de diciembre resultó ser una larga travesía del desierto. Derivó en un escenario de interinidad política, con un Gobierno en funciones -de competencias limitadas- durante meses, una investidura fallida y la convocatoria de unas nuevas elecciones. Y fue -es- un escenario que afectó -está afectando- a nuestra economía, retrasando las inversiones, propiciando la salida de capitales y debilitando nuestra posición en los mercados internacionales y ante la Unión Europea. La situación económica es muy delicada, y la incertidumbre que se está produciendo sobre el futuro político español puede acabar muy en breve con buena parte de la confianza de los mercados. El único aspecto positivo, por buscar alguno que destacar, sería un aspecto pedagógico y didáctico, porque nos da la impresión de que la mayoría de los ciudadanos está aprendiendo ahora prácticamente cómo funciona nuestro sistema político y detectando sus evidentes disfuncionalidades.
¿Cómo resolver esta situación? La única solución es votar. La única solución está en las urnas. El principio esencial de una sociedad política democrática es que la única vía legitimadora del poder político es la de los procesos electorales: la legitimidad política de origen electoral, que se basa en la voluntad de la mayoría de los ciudadanos. Ese es el motivo de que la función principal de las elecciones sea la legitimadora, antes, incluso, que la representativa, y de que el objeto más fundamental de los sistemas electorales sea la legitimación del poder político. De esta forma, las elecciones democráticas convierten a los elegidos en autoridades legítimas: sin elecciones dignas de tal nombre serían meros detentadores del poder.
En los siglos pasados los ciudadanos eran llamados a las armas para luchar por sus derechos. Sin embargo, en la actualidad debemos vanagloriarnos de haber superado esas etapas oscuras y primordiales. Hoy, en nuestras democracias, los ciudadanos somos llamados a las urnas. Porque las urnas son las armas ciudadanas democráticas, deben ser la única horma legítima de las libertades y contribuyen a fabricar la urdimbre de la convivencia. No hay alternativa. El no votar nos perjudica. Sin votos no hay paraíso, aunque sea un paraíso tan modesto como el que ofrece la democracia española. Sin votos no hay democracia. Vayamos a votar el domingo.
