Habitualmente, esta columna es un punto de encuentro con la memoria, la identidad, la costumbre y el humor de nuestra tierra. Gracias a los lectores de DIARIO DE AVISOS que me animan a perseverar en esa manera socarrona de contar la vida. Pero esta semana no tengo el cuerpo para bromas. Sospecho que ustedes tampoco. Hay días en los que hasta la sonrisa parece una falta de respeto al dolor. Hoy quiero escribir de Demi, de Jesús de Miguel, futbolista de nuestro Club Deportivo Tenerife, cuya vida se apagó en el Hospital Nuestra Señora de la Candelaria después de un partido que jamás debió terminar así.
He conocido y contado buena parte de la historia de nuestro Tenerife desde la primera línea del periodismo. Otra etapa, la primera, la he recorrido en las páginas de los excelentes trabajos de Luis Padilla y Juan Galarza. Por eso me atrevo a decir que estamos ante el episodio más desgarrador de la vida centenaria de nuestra entidad. El Heliodoro Rodríguez López, escenario de nuestras alegrías y desengaños, se ha convertido de pronto en el lugar de una herida que tardará muchísimo en cicatrizar.
En ese césped hemos celebrado goles imposibles, llorado derrotas y abrazado a desconocidos como hermanos. Nunca imaginamos que allí acabaríamos viendo a un futbolista luchar por su vida. La imagen de Demi tendido sobre la hierba, el miedo en los rostros y la angustia en las gradas pertenecen ya a esa memoria que uno daría cualquier cosa por no tener.
No creo que Jesús Owono quisiera provocar semejante desenlace. Pero tampoco puedo disimular mi indignación ante una acción que considero criminal, temeraria y cruel. Las imágenes y la extraordinaria fotografía de mi amigo Sergio Méndez, de DIARIO DE AVISOS, me siguen estremeciendo. La justicia tendrá que determinar si existen responsabilidades más allá de las deportivas. A mí me corresponde expresar mi dolor y reclamar que la gravedad de lo ocurrido no se diluya en la rutina de otro partido.
He leído que debemos ponernos también en el lugar del guardameta. Y, Dios me perdone, no me apetece. Priorizo. Y hoy mi corazón está, sobre todo, con la viuda y la hija de Demi, con sus padres, con toda su familia y con quienes compartieron con él el vestuario y la vida cotidiana. Está con sus compañeros, con Rayco García y su Consejo, con Álvaro Cervera y con esa multitud de tinerfeñistas que camina estos días como si le faltara algo por dentro. Porque nos falta alguien. Y porque no hay resultado, clasificación ni ascenso que pueda compensar esta pérdida.
Lo comprobé en el homenaje convocado por la Federación de Peñas junto al Heliodoro. Había un silencio sobrecogedor, de esos que dicen mucho más que cualquier discurso. Personas distintas, de edades, pueblos y pagos distintos, reunidos por una misma pena. Allí validé lo que ya sabía: que el Club Deportivo Tenerife no es únicamente un equipo de fútbol. Es también una forma de reconocernos, de sentirnos acompañados y de pertenecer a esta Isla.
Agradezco la solidaridad de los futbolistas del Andorra y los gestos de cercanía de Gerard Piqué. También el fraternal acompañamiento de la Unión Deportiva Las Palmas. Y quiero reconocer la entereza de Rayco García y de quienes han acompañado a la familia y al vestuario en horas insoportables. Ninguna palabra alcanzará para reparar lo irreparable, pero sí para agradecer que nadie haya tenido que afrontar completamente solo semejante tragedia.
Ahora necesitamos hacer ciudad, hacer isla, hacer comunidad. Escucharnos, acompañarnos, abrazarnos, compartir las lágrimas y cuidar, especialmente, a quienes han perdido su mundo. Que la familia de Demi sienta siempre el calor de esta Isla que lo hizo suyo. Que nuestro cariño llegue allí donde las palabras ya no pueden llegar. Porque cuando el dolor se comparte, no desaparece, pero es menos pesaroso. Y Demi, mientras nos quede memoria y corazón, no se irá solo al olvido.
Vuela alto, Campeón.
