Ha sido viral la supuesta transparencia de Eloísa González, la guapísima e inteligente presentadora tinerfeña que dio las campanadas del día 31 de diciembre, no sé dónde porque yo estaba fuera. Truco o trato (es decir, realidad o truco), a mí la foto no me dice demasiado: está borrosa y Eloísa ha confirmado que no iba a pelo, que llevaba bragas, así que no tengo nada que decir. Pero es terrible la crueldad y la saña de las redes sociales, captando y comentando y propagando y trucando la fotografía, como si estuviéramos ante un acontecimiento de interés universal. Eloísa, además de una buena profesional, es una chica encantadora que no merece ni la chanza ni la crítica destructiva ni mucho menos que el cachondeo se haya hecho viral, como se dice ahora. El mundo se ha vuelto terriblemente cruel y las redes sociales, que mienten como bellacas muchas veces, tienen la culpa de ello. Yo las he sufrido (aunque no púbicamente, de momento), así que sé de lo que hablo. Y, además, no te puedes defender, porque en ellas triunfa mucho más lo que daña que lo que favorece.
Las noticias en general contienen unas características que casi siempre perjudican a alguien. Raramente triunfan las buenas y sin embargo las malas se disparan como cohetes. En fin, supongo que ella lo sabe, pero confieso mi afecto por Eloísa González y espero que esta transparencia chimba no le haya hecho demasiado daño. Hace falta tener mala leche para estar esperando un fallo -que en este caso no es tal- para enviarlo a lo largo y ancho del planeta con la única intención de hacer daño. Vivimos en un mundo en el que lo privado ha desaparecido. Desde un satélite, o sin subir tanto, desde una azotea, te retratan en pelota tomando el sol en el jardín de tu casa y mañana tus enemigos están haciendo las oportunas comparaciones. Y lo peor es que esto no hay quien lo pare.
