Estoy harto del Carnaval, de las calles cortadas, de los tipos cargados y de ir sorteando meadas y vomitonas por la puta ciudad, convertida en un cochinal. Llego a mi casa con una sensación nauseabunda. ¿Por qué la gente tiene que emborracharse para divertirse, si al final no se entera de nada cuando está borracha? Estoy harto del sonido jodelón de las murgas y de sus burdas canciones, sin gracia la mayoría de ellas. Harto de los desfiles y de no poder llegar en coche a ninguna parte. Ayer, por fin, llegó la paz y ya no tendré que ver, por el WhatsApp, el careto del alcalde Bermúdez, vestido de no sé qué; ni a Pedro Suárez, el del PP, el de los chistes, de astronauta de la NASA. Hay gente que no tiene nada que hacer, las personas sensatas que pueden se mandan a mudar para no soportar el calvario del ruido. No digamos en La Palma, con una ciudad cubierta de polvos de talco, ceremonia de blanco que han plagiado sin piedad los canariones, que lo copian todo. Copiaron hasta el Carnaval de Tenerife.
Lo único suyo propio es lo de la drag queen, que me han dicho que, más que nada, es una cosa de maricones. En fin, que el Carnaval ya se acabó, gracias a Dios, y las brigadas de limpieza se afanan en dejarla más o menos limpia, para que el ciudadano que la recorra no tenga que ir dando saltitos. Yo no sé lo que le ve la gente a esta fiesta, que no se ha hecho para mí, aunque una vez me vistieron de monja tetuda, disfraz que hizo fortuna entre mis amigos. Era yo muy joven cuando eso y las fotos están solo en mi archivo, o eso creo. No creo que nadie las suba a las redes.
