El diálogo que ahora todos echan en falta le ha pasado lo que a la octogenaria que vivía (ya no) en el tercero, saliendo del ascensor a mano derecha. El diálogo, desfibrilador que todos reclaman de días a esta parte, ha pasado estos últimos cinco años como la octogenaria del tercero, no hubo quien tocara a su puerta, no hubo llamadas, no hubo visitas, tampoco familiares o conocidos que encontraran un rato para acompañarla o dedicarle unas horas; eso sí, tanto en el entierro de la octogenaria como en el funeral del diálogo todos les lloran, a una y al otro, se nos ha ido, todos lamentan su pérdida, la echaremos de menos, lágrimas secas, qué palo. Es tarde para llorar por el diálogo que pudo evitarnos esto. Cinco años renunciando a la política (la buena política) y la torpe gestión del primero de octubre han arrojado al rey sobre las cenizas del único discurso que los errores ajenos le han permitido. La política (la mala política) lo dejó sin margen para otro mensaje. El mejor discurso del rey pasaba por no verse forzado a un mensaje tan frustrante como ya inevitable. La decisión de no verbalizar la invitación al diálogo confirma que lo más sustancial de su comparecencia fue lo que no dijo. Al que menos gustó el discurso del rey fue al propio rey, consciente de que la política (la mala política) lo condenó a enterrar su función de arbitraje. Forzarlo a anunciar que el Estado no negociará lo coloca en primera línea de batalla. Timbre de voz, lenguaje no verbal, texto y escenografía provocaron que lo percibiéramos hablando con el uniforme militar que no se puso pero muchos creímos ver. Congelar la Constitución, renunciar a ponerla al día para recomponer los encajes territoriales, nos ha traído hasta aquí; y el diálogo era eso. Con el escenario resquebrajado por la herida del primero de octubre, no hay desfibrilador capaz de resucitar a la octogenaria del tercero o de reanimar, con cinco años de retraso, el diálogo por el que ahora todos lloran desconsoladamente.
El uniforme del Rey
El diálogo que ahora todos echan en falta le ha pasado lo que a la octogenaria que vivía (ya no) en el tercero, saliendo del ascensor a mano derecha
