Cuando llegué a Barcelona, a principios de los sesenta, se acababa de fundar el grupo Els setze jutges, que luego daría origen a la llamada Nova Cançó. Se podía entender que lo que se intentaba era normalizar la lengua catalana a través de la música; hacer un acto de protesta frente a la represión del régimen franquista, en el tiempo en que se decía que lo único que se podía difundir en ese idioma era una revista que editaba monseñor Escarré desde el monasterio de Monserrat. Esto demuestra que los benedictinos no son tan silenciosos como dice Vargas Llosa. Serra d’Or se convirtió en el órgano cultural catalán unos años antes de la aparición de Els setze jutges, y compartió con este último movimiento, más que un espacio de expresión política libre, una reafirmación de las reivindicaciones históricas del nacionalismo excluyente. Setze jutges era un trabalenguas que se utilizaba para descubrir quién era verdaderamente catalán y quién no, pues de su perfecta pronunciación se podía deducir que el que decía la frase con dificultad no era muy auténtico para ser tenido en cuenta en ese paraíso de elegidos que forman parte de una comunidad selecta.
Setze jutges d’un jutgat mengen fetge d’un penjat, que quiere decir: “Dieciséis jueces de un juzgado comen hígado de un ahorcado”. En el fondo, escondido tras un decorado musical y culto, se escondía un tribunal de dieciséis jueces dispuesto a establecer dónde se hallaban las esencias del catalanismo más puro. En su primera etapa Joan Manuel Serrat estuvo al amparo de estos movimientos, pero pronto se dio cuenta de que se trataba de una corte aldeana, y se independizó de aquellos que pretendían ser independientes; o al menos, llevaban en su origen la esencia de esa exclusividad. Por eso se declaró españolista y catalán hasta la médula. Quizá porque le podían encontrar algún antecedente choni o charnego, que así nombran a los que viven y trabajan en ese país habiendo nacido fuera.
Los dos lugares de España donde esto ocurre se manifiestan por la pureza de la raza y por un nacionalismo excluyente. Llevan algo en la sangre que los distingue. Por esa misma razón llaman maquetos, en el País Vasco, a los que vienen del resto de España, salvo a los que lo hagan de León en recuerdo de la nefasta batalla de Arrigorriaga, en el siglo XIV. Otro lugar en el que hay que demostrar tener ocho apellidos y rezar el Padrenuestro, que era el único texto escrito del que disponían antes de que llegara Sabino Arana a llenar de K y de Tx un idioma que sólo entendían los pastores. El vasco no hablaba vasco, hablaba mal el español, sin verbos conjugados, con desorden gramatical ni artículos. Así lo describe Miguel de Cervantes en el capítulo VIII del Quijote cuando su personaje, el Vizcaíno, dice: “¿Yo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas, ¿el agua verás cuán presto que al gato llevas! Vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes que mira si otra dices cosa”.
Lo triste es que por esta variedad sienten la necesidad agobiante de hacer notar sus diferencias. Unos matan y otros odian e inculcan el desprecio hacia los ciudadanos que no comparten con ellos esos privilegios con los que los distinguió la creación. No olvidemos que el Tibi dabo, que quiere decir “Te lo daré”, fue el monte donde Satanás llevó a Jesucristo para tentarlo entregándole la ciudad más hermosa y rica del mundo, que no era otra cosa que Barcelona vista desde Collserola.
A pesar de todo, se convirtió en el emporio de la empresa editorial en castellano, saltando por encima de tribunales de dieciséis jueces encargados de limpiar de impurezas aquello que Monserrat había declarado como sacrosanto. ¿Qué diría Carmen Balcells, que fabricó varios premios Nobel, sobre la inmersión lingüística que es como recibir las aguas del Jordán para acreditar la fe en la nueva creencia? ¿A dónde se fue el espíritu innovador de un lugar que fue capaz de atraer a todo el mundo para admirar su modernidad? Deben estar pasándolo muy mal los millones de catalanes que se sienten atrapados por la locura de unos pocos. Todo se ha tirado por la borda y ya no quedan más que setze jutges para juzgarlos.
Hace unos meses esa ciudad prodigiosa, la de Eduardo Mendoza, sufrió un atentado terrorista y el pueblo salió a la calle para decir: ¡No tinc por! Se lo estaban gritando al mundo, dando la cara frente al terrorismo yihadista. Ahora van a Europa a gritar lo mismo con respecto a España. No se puede tolerar tanta miseria.
