Si los aficionados de un club, casi todos ellos gamberros irredentos y muchos de ellos no nacidos en Francia, han destruido la ciudad de la luz, el PSG no merece ganar la Champions. Ya está bien de violencia y de corrupción en el fútbol. Si un club paga al vicepresidente de los árbitros españoles, como el F.C. Barcelona, varios millones de euros para favorecerle de cualquier manera, merece ser castigado. Todo me parece podrido y, la verdad, duele. Francia tiene un problema gravísimo y el fútbol español tiene otro. El paseo de hinchas europeos por pacíficas urbes destruyendo todo lo que ven a su paso tiene que acabar. Se quejan de que la policía carga y, ¿qué va a hacer, dejar que revienten las ciudades, que el patrimonio urbano sea destruido y la propiedad privada violentada por culpa del fútbol? El Estado de Derecho comienza por el respeto debido a los demás y el respeto se está perdiendo. Si la culpa es del fútbol, que se suspendan las competiciones hasta que la gente aprenda a comportarse. Lo de París ha costado muertos, heridos y un montón de detenciones, casi mil. Esto es impropio de una sociedad civilizada y da a entender que Francia tiene un gravísimo problema, el que sea. Parece claro que Macron, se deje o no se deje abofetear en público por su mujer, ha cumplido su ciclo. La antigua maestra de escuela y su discípulo deberían abandonar El Elíseo, pero que lo digan los franceses, no yo. Lo que está pasando en Francia en estos días, por culpa de una final de Champions, que además el PSG ganó de chiripa, no debe continuar, ni repetirse. Porque se pueden cargar el fútbol y, sobre todo, se pueden cargar el país. Y con lo de Negreira, igual. Regeneración, señores, y honestidad, que buena falta hace en España y en otros lugares.
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