De todos los analfabetos funcionales que se asoman diariamente a las páginas de los periódicos, casi todas ellas digitales, yo tengo una larga y reservada lista. Reservada porque no quiero descubrir sus insanas y envidiosas trayectorias profesionales. Combato esta pesadilla no leyendo nada, o al menos leyendo lo menos posible. La opinión en este país ha claudicado ante el cinismo y la mentira, vengan de donde vengan, porque la mentira española no es exclusiva de nadie. Sencillamente, todos mentimos. Vivimos lo peor de la era digital y lamentablemente yo no veré el final de esta historia, porque las eras suelen durar mucho y, si no, retrotráiganse a la Edad Media, que fue eterna, y en ella se cortaron muchas cabezas. En realidad, el sino de las eras es la cizalladura de la testa, en beneficio de unos o de otros ideales. Y tómese la acción en sentido estricto y en sentido figurado. En ambos. Ahora que viene el papa, los ejércitos papales les cortaban las cabezas a los musulmanes y estos, de vez en cuando, se las cobran y te lanzan una fatwa y a tomar por saco si te sale a pagar. El mundo ha enloquecido y se ha puesto imposible, se ha hecho tremendamente incómodo y, si no, intenten coger un avión. Agarras tres o cuatro calenturas antes de sentarte en tu asiento: la primera porque se te ha perdido el DNI, la segunda con el sabiondo del control de seguridad, la tercera con la estrechez del espacio a bordo y hay una cuarta, ya sentado, que es el niño/mosca cojonera de detrás que patalea tu asiento al primer sueño -que es el mejor-, la modorra que te entra cuando el aparato rueda por la pista, antes del despegue. La quinta, la discusión con la madre del niño (el padre casi nunca se manifiesta, el pobre), que le suele dar la razón al molesto infante. Finalmente te dan el periódico: yo no lo leo.
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