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La más grande

Conocí a la más grande en La Riviera, el famoso restaurante de Santa Cruz. ATI la había contratado para dar un concierto, en época electoral. Manolo Hermoso tuvo la deferencia de sentarme junto a Rocío Jurado en la mesa del almuerzo, que organizaron antes de su actuación. Recuerdo que, en un momento dado de la comida, ella se dirigió al líder político y le dijo: “Manolo, cada vez que Andrés habla sube el pan”. “Por eso lo senté a tu lado”, le respondió el político. Cuando mi amigo Paco Hernando -Paco el Pocero- le prestó su avión para que la llevara y trajera, antes y después de su tratamiento en el Anderson de Houston, yo llamé a Paco para felicitarlo por su ayuda a una mujer extraordinaria, culta, ocurrente, generosa y que hablaba muy bien en público. No digamos cómo cantaba, sobre todo aquella melodía compuesta por Manuel Alejandro, tras su separación del campeón del mundo Pedro Carrasco: “Se nos rompió el amor de tanto usarlo”, en 1985. Con Pedro tuve una buena amistad. Me lo presentó Antonio Salgado en el hotel Mencey y cada vez que venía a la isla me llamaba y comíamos. Las dos fotos, en blanco y negro, se me han perdido: la que aparezco con Pedro, el empresario Guillermo Valenzuela y Salgado en el Mencey; y la del almuerzo con Rocío Jurado en La Riviera, con Gregorio, el metre, sirviéndonos una paletilla de cordero, una de las especialidades de la casa. A veces pienso que si cuento todo lo vivido no habría páginas en los libros y periódicos de todo el mundo para reflejarlo. He visto un homenaje a Rocío, en La 2, y me ha emocionado. Recuerdo que tenía unas manos preciosas y una expresión de alegría en el rostro que sólo le arrebató la muerte, producida por un cáncer de páncreas. El puto cáncer.

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