el charco hondo

Tarzán en Nueva York

Hoy, hijo de Tarzán y de Jane, es secuestrado y enviado a Estados Unidos para que actúe en un espectáculo circense, con lo que a sus padres no les queda otra que viajar a la gran ciudad (a Nueva York, en este caso)

Hoy, hijo de Tarzán y de Jane, es secuestrado y enviado a Estados Unidos para que actúe en un espectáculo circense, con lo que a sus padres no les queda otra que viajar a la gran ciudad (a Nueva York, en este caso) para rescatarlo y traerlo de nuevo a la selva, a casa. En la línea donde se abrazan la tragedia y la comedia, la película, de 1942, sitúa a Johnny Weissmüller -único Tarzán verdadero, y no los sucedáneos que nos vendieron después- fuera de su mundo, alejado de su zona de confort, perdido en un planeta que no era el suyo, enfrentándose a peligros, riesgos y situaciones que le eran absolutamente desconocidas, extrañas, inimaginables para alguien que solo había conocido otro contexto, el suyo, aquel donde sí se desenvolvía con conocimiento y autoridad. Nueva York imponía sus leyes, convirtiendo a Tarzán, al héroe, en una figura entrañablemente frágil, vulnerable, incapaz de desenvolverse en una realidad que no sabía descrifrar, estrenándose en una selva que poco o nada tenía que ver con la que lo vio nacer, crecer y aprender. Tarzán descubre en NY las reglas y absurdos de la denominada civilización. En un espacio-temporal que no es el suyo, conoce otros registros de la vida animal, otras versiones del género al que pertenece. La jungla neoyorquina no es su sitio. Una peripecia, la de Tarzán en NY, que resume con desconcertante similitud la descripción o diagnóstico que algunos dirigentes socialistas hacen de los primeros meses de Ángel Víctor Torres, secretario general del PSOE, más o menos al frente del partido. A juicio de no pocas voces de la organización, Torres se mueve en la escena política regional como Tarzán por Nueva York, perdido, descontextualizado, superado por una jungla a años luz de su espacio-temporal, vulnerable, con dificultades para descifrar el tablero, comprometiéndose a una cosa y la contraria, desbordado, cautivo, vencido por una ciudad que lo sitúa bien lejos de su realidad.

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