SUPERCONFIDENCIAL

Palmeros

Perder el tiempo me pone muy nervioso. Y que me lo hagan perder, mucho más. En cierta ocasión fui a La Palma y los palmeros son muy dados a hacerte perder el tiempo

Perder el tiempo me pone muy nervioso. Y que me lo hagan perder, mucho más. En cierta ocasión fui a La Palma y los palmeros son muy dados a hacerte perder el tiempo, a entablar negociaciones, como era entrar en el capital de una emisora de radio, luego te invitan a comer chicharrones en el Chipi, Chipi, te llevan al aeropuerto, preso de una tremenda aerofagia, y te meten en el avión, sin haber hablado del asunto, porque no tenían la más mínima intención de entrar en la radio. Hay veces que te llevan a ver la Virgen -como la nombres, seguro- y te dan una excursión por la isla, hablando mal unos de otros, pero ahí queda todo. Yo, La Palma es una isla que conozco poco, pero me parece que en el casino de cierto pueblo de la banda los sillones de mimbre que se encuentran en el exterior de la sede social, al fresco, llevan una placa con el nombre de los socios. Que te libre el Cielo de sentarte en uno de ellos, porque mandan a buscar al socio a la casa para que te levante. Lo de los nombretes es verdad. Ya conté una vez que cuando Pepe Capón y Pepe Fumero, ambos muy bajitos, fueron a La Palma a comprarle este mismo periódico a Antonio Carrillo Kábana, los dos primeros apostaron no sé cuánto con los amigos a que salían de la isla sin apodo. Creyeron que lo habían conseguido, en el momento de llegar al aeropuerto para regresar a Tenerife, pero en el instante de facturar sus equipajes, el empleado de Iberia les preguntó: “¿Así que son ustedes los enanos del Diario?”. Un palmero se propuso pasear a caballo por la Calle Real, sin que le colocaran un mote. Cabalgó tan deprisa que las herraduras soltaban chispas, al contacto con el empedrado. Lo pusieron “Cagafuego”. Y así se quedó.