Somos lo que somos porque venimos de donde venimos: del bar. Pero, vayamos por partes. También esta vez, virtud y sentido común se abrazan en ese espacio poco transitado que radicales, exagerados, frikis y compulsivos denominan término medio. También en este caso lo mejor no florece en los extremos. Para orgasmo de fisioterapeutas, osteópatas, quiromasajistas y traumatólogos, un ejército de cuarentones -o más- ha salido corriendo del bar de siempre, dejando atrás copas, excesos y cigarros para reencarnarse en corredores de pruebas urbanas, maratones o ultramaratones. Una legión de juerguistas, parranderos y fiestas de los de siempre ha cometido el error de pasar sin transición del alcohol a las bebidas isotónicas, de los cigarros a los geles. Creen que dejar atrás el lado oscuro de la fuerza es tan fácil. Y no. En absoluto. No es así. Los bares, las noches, los baños de locales no necesariamente recomendables, las máquinas de tabaco y las calles gamberras merecen otro adiós. Tantos años compartiendo tantas cosas, tanta vida viviendo esas otras horas, merecen mantener los cordones umbilicales que nos unen con los ceniceros llenos de colillas, el ruido de las dos piedras de hielo al chocar y las resacas del alka zeltzer que precedió al bendito milagro del ibuprofeno. Hacer deporte está bien. Doy fe de que correr maratones regala experiencias que merecen ser vividas. Sé que los maratones alegran el ánimo y mejoran la perspectiva de las cosas, las dimensiona relativizándolas; lo aconsejo. Ahora bien, sin volverse loco. Una carrera exige preparación, y cabeza; no basta con equiparse. Hay que huir de las reencarnaciones. Bienvenido sea el hábito del deporte, pero carreras y bares no son agua y aceite. Hay espacio para todo. De ahí que cada vez seamos más quienes, convencidos de que el buen vicio del running es perfectamente compatible con las copas que tanto bien nos han hecho, defendamos las bondades de hacer convivir a las carreras con los rones. Término medio. Sentido común. Todo sin renunciar a nada. Somos ronners porque venimos de donde venimos: del bar.
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