superconfidencial

¿Tiene usted una leyenda?

El pomposo, esteticista, cínico y cruel escritor Vargas Vila le preguntó una vez a César González-Ruano, y éste lo contó en sus Memorias, que si tenía una leyenda. El entonces joven escritor comenzó a palparse los bolsillos, buscándola, porque no entendía la pregunta de su veterano compañero de profesión; como si intentara encontrar una caja […]

El pomposo, esteticista, cínico y cruel escritor Vargas Vila le preguntó una vez a César González-Ruano, y éste lo contó en sus Memorias, que si tenía una leyenda. El entonces joven escritor comenzó a palparse los bolsillos, buscándola, porque no entendía la pregunta de su veterano compañero de profesión; como si intentara encontrar una caja de fósforos en su chaqueta. Vargas Vila lo miró muy serio y le dijo: “Pues cuide mucho de tener una leyenda, Si no tiene difamadores, haga por tenerlos. Si no tiene usted una leyenda monstruosa, horrible, no será nunca nada. Ya sabe usted ser audaz, hacer elogios crueles y meterse con los maestros. Ahora procure usted que le difamen. ¡No hay tiempo que perder!”. Todos los buenos periodistas atesoran algunas leyendas, que nadie sabe de dónde vienen, pero que ayudan a sustentar la personalidad de uno. Y es que esta profesión tiende siempre a la difamación, tanto del periodista hacia un externo, como de los externos hacia los periodistas. Es como un sino que los tiempos no han sido capaces de disipar. Los periódicos fueron -ya no hay casi periódicos- cuevas de miserables individuos y, como siempre estaban abiertas las redacciones, en ella se colaban los más atrabiliarios personajes de las ciudades, casi siempre los que vivían de noche y dormían de día. Yo recuerdo, por ejemplo, al franciscano menor padre Salvador Sierra Muriel, que iba los sábados a La Tarde, a entregar el disparatado comentario sobre el Evangelio del domingo, y que una vez le dio un puñetazo al periodista Pérez y Borges porque éste, cada vez que entraba el eclesiástico, decía, en alta voz: “Je, ¡ya está aquí éste!”. Aquello era un esperpento. Un día, el fraile se hartó del sarcasmo y le zurró al plumilla, tan azoradito que se me quedó el pobre.