Se veía venir. Un país donde la discrepancia se combate descalificando, ensuciando o ridiculizando, y en el que no se respetan las razones del que piensa distinto, difícilmente puede gestionar con mínima madurez la libertad; y en esas estamos, sin saber qué carajo hacer con nuestra libertad de expresión. Con más miedo que convicción, se disimuló a duras penas durante la transición, pero ni un día más. Los españoles llevamos mal que nos lleven la contraria. Fruto de inseguridades que han sobrevivido a generaciones, la diferencia nos asusta y, por pereza o incapacidad intelectual, históricamente se ha optado por la imposición o, ya en democracia, por una censura tan subliminal como permitida. La respuesta al acorralamiento de la libertad de expresión, a esta tentación de enjaularla, no está en el pasado inmediato. Para comprender cómo es posible que a estas alturas sigamos sin saber qué hacer con ella es necesario mirarnos en el espejo de las últimas décadas, y siglos. El problema no está en las leyes, sino en nosotros, en la inmadurez democrática de un país incapaz de entender que nuestras dudas sobre la libertad de expresión tienen su origen en un déficit traumático de madurez, actitud y cultura, de modernidad y de hábito democrático. Los episodios de intolerancia de las últimas semanas son una muestra más de nuestro genético terror a que los otros -sí, los otros- estén ganándonos la partida, o a que vengan a por nosotros. Un país que ve en la discrepancia una amenaza, y jamás el enriquecimiento argumental que trae consigo otro punto de vista, es un país pobre, intestinal, primitivo. No hemos aprendido a respetar, y ese es el límite natural que garantiza una convivencia razonable. Universalizar el odio como paraguas para todo o todos conlleva ir estrechando cada vez más a la libertad de expresión, encogiéndola hasta llegar al pensamiento único que algunos pretenden imponernos. Se veía venir que a un país sin apenas recorrido democrático, e intelectualmente bastante perezoso, no le iba a resultar fácil entender que la libertad de expresión es un espacio irrenunciable, intocable.
