Las de Frankfurt y Guadalajara, probablemente las dos más grandes del mundo, combinan una gran operación comercial con una intensa programación cultural -esto sin contar lo que se debate o transa en materia de compra o venta de derechos de autor-. Este modelo ha sido emulado por dos de las grandes ferias latinoamericanas, la de Bogotá y la de Buenos Aires, pero no así por la de Madrid, en el parque de El Retiro, que pone su acento en la venta de libros. Por programación cultural debe entenderse, sobre todo, la presencia de autores, en cuyas firmas, foros, debates y presentaciones abunda un público ansioso de conocer y hacer contactos. Si hay algo que caracteriza una feria del libro, esto es propiciar un acercamiento directo entre autor y lector, lo que comúnmente no ocurre, pues la industria editorial está llena de fases o mediaciones: editores, correctores, distribuidores, libreros. En una buena feria, todas estas paredes desaparecen y los eslabones extremos de la cadena se unen. Ante la merma de lectores y, en general, de públicos para eventos culturales, las ferias operan como ejercicios de reconquista: los lectores recuperan el entusiasmo por los libros y por los autores. Esto significa que no hay que hacer menos ferias, sino cada vez más. Un ejemplo a la mano: en un país quebrado como Venezuela, con una industria editorial golpeada seriamente por medidas gubernamentales y el efecto de la censura, las cinco ferias que sobreviven son oasis para los lectores ávidos. Es probable que las novedades o los lanzamientos sean escasos, pero la gente celebra el simple hecho de que haya libros, aunque muchos sean de segunda mano. La sola presencia de autores estimula a esos lectores que la ausencia de políticas culturales quiere eliminar.
No ha habido instrumento más prodigioso para la trasmisión del conocimiento que el libro. Por eso las ferias libreras son también fiestas de reencuentro: se enaltece al libro, pero también a los lectores. La fiesta también atrae a los que no leen, con la suerte de enrolarlos en mundos imaginarios que luego no querrán abandonar. Un gran dilema de estos tiempos es preguntarse por qué las audiencias culturales escasean. Para paliar esas tendencias, las grandes ferias procuran volverse atractivas para todo público, comenzando por los niños: si la letra se siembra en esas frescas conciencias, un árbol de letras crecerá en cada uno de esos corazones.
