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Ministerios de Cultura

En la tradición iberoamericana, siempre se les consideró el florero del gabinete ejecutivo, es decir, aquella cartera que se podía entregar al inexperto, al amigote, al incómodo; en otros casos también podía representar el espacio para pagar los favores políticos

En la tradición iberoamericana, siempre se les consideró el florero del gabinete ejecutivo, es decir, aquella cartera que se podía entregar al inexperto, al amigote, al incómodo; en otros casos también podía representar el espacio para pagar los favores políticos. Si en los gobiernos modernos, una de las primeras carteras ha debido de ser la de Hacienda, sin duda que la de Cultura fue la última de la fila. Durante mucho tiempo dependiente de Educación, en otros casos eran simples Secretarías con poco peso. La profesionalización en este campo sin duda llegó tarde, hacia las últimas décadas del siglo XX, pero como admitía Jesús Martín Barbero hoy debería ser la primera cartera de cualquier gabinete serio, pues, si a ver vamos, ¿qué aspecto de la condición humana se escapa del concepto Cultura? Se diría que prácticamente ninguno. Las formas de ser, las conductas, los valores, las visiones de mundo, las diferencias… todo queda englobado bajo esa definición más de corte antropológico que redefine Cultura como formas de ser, pensar y actuar en el mundo que nos rodea.

En cuanto a Ministerios como tal, en Occidente se recuerda mucho el nombramiento que hace De Gaulle en los primeros años de posguerra: André Malraux como primer Ministro de Cultura francés. No era un despacho; era un símbolo, era un tributo al reino de las ideas. A partir de allí, en las democracias serias, ese modelo caló hondo. Y a pesar del corto tiempo para progresar como cartera, valga decir que las buenas gestiones se caracterizan por tener todos los artilugios necesarios: leyes nacionales y sectoriales, indicadores de gestión, grandes áreas de competencia como patrimonio, economía de la cultura y relaciones entre cultura y educación. Ha avanzado tanto la disciplina y es tanto el material teórico del que se dispone que la UNESCO, por ejemplo, determina que toda política cultural que se precie de tal tiene que priorizar los espacios de la creación por encima de cualquier otro, en el entendido de que esos momentos de surgimiento vocacional son extremadamente frágiles y, como tales, deben ser protegidos.

Dicho todo lo anterior, un Ministro de Cultura debe ser un experto en la materia, con probada experiencia, al tanto de los avances teóricos, consciente de que la Cultura es todo y, como tal, representante de un sector prodigioso: el de los creadores, que para muchos viene a ser como la proa de una embarcación que es la sociedad toda, los visionarios, los adelantados, capaces de ver lo que pocos ven. De estas dimensiones trata la tarea, y a estas alturas de la progresión ya sería una vergüenza pensar en floreros o en compromisos políticos. Gestionar políticas y programas culturales es una tarea compleja, exigente, que demanda altos niveles de experticia. Quien no lo vea o no lo crea asívive en otro tiempo.