
Alzado sobre los riscos en flecha que delimitan, por el Atlántico, el Valle de la Orotava, el Puerto de la Cruz vive su acontecer turístico, ya escasamente marinero y maledicente como un auténtico generador de historias pequeñitas. Hay quien dice que cómo en un territorio tan pequeño, de 8,73 kilómetros cuadrados, el municipio más pequeño de las Islas Canarias, pueden generarse, inventarse y ampliarse tantas historias, la mayoría fake news, por usar un término trampiano. Es verdad que el Puerto es mayor que Mónaco, que sólo tiene 2,020 kilómetros cuadrados; y es quizá el Mónaco de Canarias y lo podría ser más si hubiera sido dotado de un estatuto económico especial. Pero, no. Sobrevive, como todos los demás municipios de este archipiélago.
Yo biografié (en 1982) al hombre que se inventó el Puerto de la Cruz. Fue Isidoro Luz Cárpenter, un médico y político, hijo de la ciudad, que presidió su Ayuntamiento con Primo de Rivera, la II República y el franquismo. Él fue quien hizo el Puerto, aunque anteriormente lo habían intentado los turistas británicos que se establecieron en el pueblo para dirigir sus importaciones de vinos y de plátanos a muchos países de Europa. Y para curarse de la malaria contraída en África. Tiene el Puerto el mérito de haber visto nacer al ingeniero de los zares, Agustín de Betancourt y Molina, fundador de la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid; a los hermanos Iriarte; al pintor de cámara Luis de la Cruz y Ríos y a otros hombres y mujeres ilustres, como la poetisa Victoria Ventoso, que miraba al mar desde su torreón, que es símbolo del pueblo.
A todos los metió en sus noticias el alcalde y cronista José Agustín Álvarez Rixo, cuya vida y cuya obran han glosado, en varios volúmenes, los investigadores Margarita Rodríguez Espinosa y Luis Gómez Santacreu. La primera conoce el Puerto como la palma de su mano, tanto entre los pliegues de su historia como en su versión pescadora y ya digo que maledicente. Ya quedan muy pocos pescadores. Lo otro sigue, va con nuestra idiosincrasia.
Este ascua de luz resplandeciente, que se observa desde las carreteras y parajes altos de la isla, tantas veces gris a causa de la panza de burro que el Teide y la cordillera dorsal se empeñan en no dejar viajar lejos, encanta al viajero, a pesar de que su comercio esté empeñado en vender solamente loros de fieltro y gafas Ray-Ban pasadas de moda. Existe un consorcio turístico formado por el Gobierno de Canarias, el Cabildo de Tenerife y el Ayuntamiento portuense, empeñado en reverdecer los viejos laureles de finales de los sesenta y toda la década de los setenta, cuando el Puerto se convirtió en el motor de la economía de la isla tinerfeña. El consorcio ha comprado algunos viejos inmuebles, ha restaurado el castillo de San Felipe y tiene proyectos interesantes que se deben acelerar. Me lo contó Fernando Senante, su gerente, que tiene la oficina justo enfrente de mi casa.
Todo esto lo resumo para el que no conoce la ciudad. Ahora, con la Internet, lo que se escribe llega lejos y es bueno aclarar pedazos de la historia. Cada portuense se cree dueño de sus leyendas, algunas inventadas, otras más o menos reales. Quien mejor las condensó en unos Anales y en unas Misceláneas, editados hace años, fue Álvarez Rixo, cronista y edil, algunas de cuyas cartas dirigidas a mi bisabuelo, Luis González de Chaves y Fernández, abogado, agricultor y alcalde, como Rixo, conservo.
El hecho de lindar con el mar y, por ello, estar expuestos al ataque de piratas y corsarios, nos dio un castillo –el de San Felipe-, del que fue subteniente y alcaide mi tatarabuelo, el también alcalde Andrés González de Chaves. Ese miedo hizo también que el barrio de La Ranilla, acaso el más típico de la ciudad, hoy remozado y bellísimo, fue construido de cara al Teide y no al océano, con lo que se privó al pueblo de un maravilloso relax mirando al Atlántico. Se sentían sus habitantes más resguardados con la pared cerrada hacia el mar y abierta hacia un punto de escapada.
Ahora vivo en el Puerto de la Cruz, una ciudad que tan bien definió el gran periodista Mariano Daranas en un artículo que he perdido, pero que voy a recuperar, porque se publicó en La Tarde de los 70. Y frecuentemente recorro la ciudad en busca de cualquier atisbo de recuerdo, pared, calle o paraje que me traigan mi niñez y mi juventud. Cuando paseo por la calle del Sargento Cáceres, lo veo a él, sentado en la plaza de la Iglesia, jugueteando con su bastón. Si transito por la avenida de don Domingo Pérez Cáceres recuerdo al inolvidable prelado visitando mi colegio, el de los frailes agustinos, que tan buenos recuerdos me trae. Si llego a Martiánez y veo las palomas cagando sobre el busto de Isidoro Luz tengo que rendir homenaje al gran hombre que reinventó el Puerto y lo hizo grande. Nadie limpia ese bronce, pero limpia fue su vida, honrada su trayectoria. Jamás cobró una consulta, al menos que yo sepa. Si me llego a la plaza Concejil, huelo las rosas plantadas en la estatua del alcalde portuense Paco Afonso, alzada en el mismo sitio en el que jugábamos los dos, frente al colegio agustino. Paco, siendo gobernador civil, murió en el incendio de La Gomera, creo que en 1984, cumpliendo con su deber. Aquel fue un año maldito para la isla, pues también se produjo un terrible accidente en Los Rodeos, durante una exhibición aérea, dejando varios muertos y mutilados. Ahora, que me han mandado a caminar una hora al día, me doy una vuelta por el remozado muellito de San Telmo, que luce bandera azul europea, y veo a una multitud que aprovecha sus charcos para darse un chapuzón, con marea llena y sol allá arriba. El otro día, San Telmo lucía bellísimo, con el charco de los Espadartes que parecía una piscina y los chicos que llegaban desde El Penitente hasta sus riscos, nadando en aguas plácidas; o se tiraban desde los riscos del viejo convento de Santo Domingo.
La Ranilla se parece ahora a las viejas calles de Positano y Sorrento, llenas de restaurantes y de negocios, pero siguen sin mirar al mar. Tengo ganas de que se abran espacios hacia el Atlántico, lo cual probablemente se conseguirá cuando se construya el proyectado y jamás comenzado parque marítimo, previsto para no sé cuándo. Lo que sí es un desastre es el comercio, con alguna excepción. Sólo loros de fieltro y pegatinas de neveras, en una ciudad medio colonizada por el zoológico mejor de España y quizá de Europa, el Loro Parque. Su propietario, el alemán Wolfgang Kiessling, que tiene un carácter endiablado, sufrió muchas penurias antes de lograr su imperio. Hoy es un potentado. Y yo me alegro, porque el Loro Parque le ha dado mucho al Puerto de la Cruz. Las peleas de este alemán mal encarado con los alcaldes han sido épicas, aunque siempre triunfadoras. Ahora compra más terrenos para ampliar el parque.
Quedan recuerdos entrañables del pasado. La ñamera de la plaza del Charco sigue ahí. María Rosa Alonso le dedicó un bellísimo artículo en uno de sus libros, que me firmó. Yo sentía mucho afecto por ella, creo que era mutuo. Me citó con elogios en algunos de sus artículos de El Día, que Pepe Rodríguez leía con veneración, corrigiendo las puntuaciones que se le escapaban al linotipista. Pepe me decía: “María Rosa y Rumeu de Armas no toleran una errata”. Como debe ser. La ñamera preside la pila que está en el centro de la plaza del Charco, donde el otro día vi a docenas de niños jugando al ajedrez, en un espectáculo muy agradable. Los únicos seres vivos que siguen allí, de manera permanente, son los taxistas. Inasequibles al desaliento, esa parada no se mueve sino los días de fiesta, que se traslada, de manera molesta para el tráfico, a la calle Blanco.
Se han restaurado algunos lugares. Uno de mis favoritos es el jardín exterior del desaparecido hotel Martiánez, en la calle Valois, un remanso de tranquilidad, que tiene otro anexo que creo que se llama de Viera y Clavijo, junto al paseo de Las Palmeras, llamada oficialmente de Aguilar y Quesada. Tengo un bonito recuerdo de esa avenida, en la madrugada de unas Navidades. Ella también se acordará, yo no me puedo olvidar. Fue una breve reconciliación, pero de esas que pasan a la historia.
Le debo al Puerto miles de artículos, por lo que significó para mí. Ya no espero recompensas de este pueblo desagradecido. Una vez renuncié a su medalla de oro, al negarse a concedérmela el PSOE y el PP. Ingratos, magos y advenedizos. Con los votos de los demás la hubiera conseguido pero, ¿para qué? Fue en tiempos del bondadoso y laborioso alcalde Marcos Brito, paz descanse, que trabajó con mi padre en el Ayuntamiento (mi padre fue teniente de alcalde unos veinticinco años y dos años alcalde accidental cuando a Isidoro Luz lo nombraron presidente del Cabildo, antes de que el Gobierno designara a Felipe Machado del Hoyo como primer edil, que luego fue sustituido por mi pariente Felipe Machado González de Chaves. El ministro decía: “Quitamos a un alcalde, pero nombramos al mismo”, por la coincidencia de apellidos).
Esta es la crónica de un paseo por el Puerto y de un paseo por el tiempo. Es curioso: el grave episodio médico que me ocurrió el domingo pasado (creyeron que había sufrido un infarto agudo de miocardio y en realidad todo fue una subida de azúcar a 3,20 que me tumbó), me dejó sin ganas de escribir una línea, tras dos días en la UVI. El periódico se las arregló para que mis artículos no fallaran. Un revelador cateterismo dio noticia de que mis arterias estaban bien y, en cuanto a la glucemia, he de decir que he logrado ponerla en límites normales, 1,16, en pocos días. Yo sé que es una mala noticia para mis numerosos enemigos, pero tengo que cuidarme para seguir paseando por el Puerto. Precisamente así se titula uno de mis libros sobre esta ciudad, en la que ya vivo, espero que para lo que me queda.
